jueves, 21 de marzo de 2013

Little Black Riding Wood (Alice Schwarz)


Little Black Riding Hood
En lo profundo del bosque, allá dónde la luz deja de brillar; había una cabaña perdida y alejada del pueblo. Nadie había sido tan valiente para atreverse a cruzar las paredes de sombras que se formaban alrededor de una espesa arboleda cuando el profundo camino hacia la casita empezaba. Pero la tentación y curiosidad de las personas es grade, tanto que incluso había leyendas sobre grandes riquezas las cuales no se acabarían en una vida, diosas hermosas que esperaban esposos a los cuales consentir y ciudadelas ricas en alimento y oro en las que los sueños eran cumplidos.  Y como en toda leyenda o mito había peligros, míticos monstruos que se decía; disparaban extrañas municiones inagotables con ambas manos desnudas desde sus palmas y ogros feroces que eran capaces de arrancarte la cabeza solo con un suave golpe, estás criaturas hacían palidecer al mas valiente y feroz de los guerreros. También se decía que si dabas un sacrificio humanos tu mas grande deseo se concedería y la gente en su ignorancia y miedo bien se lo creía, pues nadie nunca que hubiera entrado ahí como sacrificio o curioso había salido con vida, a excepción de un joven y desafortunado cazador que había sido engatusado con promesas de matrimonio. Le habían pedido que mostrara su amor con alguno de los muchos cofres llenos de oro que se decía: había al otro lado del oscuro túnel, decidido a desposar a la hermosa hija de un mercader aceptó, sin imaginarse lo que ocurriría…los días pasaron y se convirtieron en semanas, la semanas en meses regresó, lo dieron por muerto al tercer mes eh incluso arreglaron un funeral pequeño que se propusieron celebrar hasta que regresó. Sus ropas estaban sucias y roídas, sus ojos que alguna vez tuvieron un hermoso color oscuro verde aceituna ahora eran grises, de un gris fantasmal casi tan brillante como los rayos de luna, y sus cabellos castaños se habían oscurecido en un rojo profundo hasta parecer casi sangre, la imagen había horrorizado a todos en el pueblo cuando lo encontraron, además ¡se había vuelto loco!, hablaba disparates sobre una mujer de indescriptible belleza que tenía los ojos tan rojos como rubíes y el cabello tan oscuro como los confines de la mas terrible pesadilla que se había apiadado de él a cambio de que advirtiera al pueblo de no enviar mas sacrificios, se había convertido en su mensajero y por ello estaba maldito.

“Está loco”

“Como una cabra”

 Se decían ellos mismos para no perder la poca fe que les quedaba, ignorando las advertencias del joven que echaron de nuevo al bosque con sus trastes para que no les atrajera la mala suerte.

Pero mientras que en el pueblo las supersticiones y malos augurios tenían a los aldeanos con los rezos al cielo, en aquella cabaña una hermosa niña era consentida por su padre a quien incontables veces habían llamado ogro por esa mirada fiera que tenía y su alta estatura, su cuerpo fornido pero no en demasía lo hacía ver mas ancho, sus ojos brillantes y rojos parecían iluminarse en la oscuridad y los negros cabellos que caían sobre su rostro daba un aspecto que, a mitad de la noche, bien podía causarle un susto de muerte a cualquiera que se lo cruzara, pero para la pequeña niña era el hombre mas amable del mundo, ella era muy similar a él, compartía el color de sus ojos y la tonalidad de su cabello al igual que el blanco de su piel, solo que con largos cabellos que caían como cascadas por sus hombros y sus ojos tenían un toque felino que le daba cierto encanto juvenil a su ya de por si tierna cara, su nombre era Alice.

La madre de Alice y esposa de Begleiter, quien era su padre, había sido atacada por una horrible enfermedad en medio del invierno pasado y la mujer desvalida, con pena y lagrimas en la cara les había pedido que la dejasen, temía contagiarlos de tan terrible suplicio, aseguraba sentir como su cuerpo era consumido cada noche cuando intentaba conciliar el sueño y la palidez de su piel en conjunto con el rojo de sus labios obra de la sangre que tosía hacía llorar a su pequeña hija, ninguna madre deseaba ver a sus hijos llenos de miedo, y lo que menos quería era que la viera morir pues estaba segura que no llegaría al próximo otoño…

Le rogó a su esposo que se la llevara, que fuera a vivir con su hermano, un viejo cazador de zorros, al otro lado del bosque, aquél hombre de nombre Balchder  adoraba a Alice y siempre se había mostrado consentidor con ella, seguro estaría mas que feliz de recibirlos. Y Begleiter, de mala gana aceptó, pero con la condición de que Alice pudiera venir a verla de vez en cuando.

La mujer aprobó su petición sin mas remedio pidiendo que se fueran ese mismo día, pero el trato había quedado pactado y sin falta una vez al mes Alice iba con su madre con una canasta llena de deliciosos bocadillos, panes con miel, leche dulce y algunas galletas de mantequilla echas por ella misma.

El frío podía sentirse en el ambiente con el otoño ya en los hombros y su padre no la había dejado partir sin el abrigo adecuado: Una capucha negra y unos guates a juego serian lo que la protegería de los vientos fuertes y el frío suave de la brisa, sus largos cabellos habían sido recogidos en un par de coletas y su vestido favorito rojo con holanes a sus faldas y un encaje negro de adorno hacía un atuendo perfecto con sus botas negras para el laborioso viaje, a su padre le hubiera encantado ir con ella, pero la niña se jactaba de tener la edad suficiente para ir ella sola, y dejándola ganar esta batalla dejó que partiera pero no sin una ultima advertencia  que saliera de sus labios antes de dejarla ir…

“Toma el camino que conoces y no el largo, ya sabes como pueden ser de tramposos los lobos que rodean la zona y si crees que algo anda mal regresa a casa, mi pequeña”

Asintió obediente con una sonrisa en su rostro. Su padre era bastante amable… no entendía porque la gente lo llamaba ogro o bestia cuando lo veían; al igual que a su tío, a quien le gritaban ‘monstruo maldito’, pero a ella no le parecía uno, y menos cuando la despedía cálidamente con un beso en la frente y un “buena suerte, mi niña”

Durante el camino a casa de su madre la mañana había estado tranquila, la senda despejada y el la luz del día que se filtraba entre las ramas casi desnudas de los árboles era suficiente para ver con claridad, el canto de los pocos pájaros que aun salían era alegre y el suave murmullo del viento fresco hacia danzar sus cabellos entre los susurros de la brisa a cada desliz de sus pies, el aroma dulce de la comida que le llevaba a su amada madre se fundía con el aire haciendo aun más placentero su paseo, hasta que un fuerte ruido la asustó, y no solo a ella, también los pajarillos a su alrededor salieron volando, pasó que a unos metros mas adelante la caída de un viejo roble había hecho correr asustados a muchos de los animales y el inmenso árbol era de una altura tal que escalarlo parecía imposible, la madera aun siendo vieja era bastante gruesa y rómpela no era una opción, lo único que quedaba era cambiar de camino, pero al dar la vuelta las advertencias de su padre resonaron en su cabeza.

No debo…tengo que regresar a casa”

Se dijo, pero la imagen de su madre en cama, muriendo sola y abandonada le apañaron los ojos, no podía solo volver, además, con solo una visita al mes no se podía dar el lujo de faltar, la soledad y confinamiento por el que pasaba su madre debía ser horrible…aun era temprano y si regresaba perdería tiempo valioso, los lobos no la asustarían, los osos estaban durmiendo y no había otro animal al que temer, pues los zorros no atacan nada mas grande que un conejo. Con paso firme volvió por el camino hasta llegar a la división tan conocida, el segundo camino no era muy diferente al primero, solo que ahí los arbustos eran más espesos y algunos huesos de animales podían perturbar la vista, pero ni un gruñido o pelaje negro estaban a la vista.
Por un momento se sintió segura.

“Llegaré  a casa de mi madre sin ningún problema y mañana volveré con mi tío y papá para la cena” se dijo, esbozando una sonrisa llena de alegría e impaciencia, ignorante a los ojos esmeralda que seguían de cerca sus pasos, y el cuerpo que se deslizaba entre la hierva, había alguien mas con ella, alguien que la deseaba en su plato y se relamía los labios al pensar lo jugoso de sus piernas y la textura de sus brazos, moría por clavar el diente en su cuello y probar la carne que cubría sus huesos.

“Después de comerme a esa vieja asquerosa un bocadillo saludable no me vendría mal…” murmuró para si, deslizándose entre las ramas con pericia hasta quedar frente a la niña.

¾     Hola, preciosa damita. Siento que es deber informarle que usted a llegado al final del camino.

Los pasos de la niña se detuvieron hasta que dio uno hacia atrás, sus manos tensas y sus ojos abiertos como platos pero con el entrecejo fruncido daban una imagen entre asco y miedo, pues el ver a aquel joven de negros cabellos y sus ojos resplandeciendo de hambre le decían que era un lobo, y no uno cualquiera, sino uno de los pocos que habían logrado transformarse en semi-humanos gracias la hechicería, ya que la parte baja del cuerpo perteneciente al hombre aun era lobuna, cubierta de pelo, erguido a duras penas en sus patas traseras y con la cola contoneándose oscilante en son de ataque.
Estaba nerviosa y el titubeo en sus manos cuando el joven se movió rodeándola lo dijo todo. No tenía un plan para esto, no había previsto encontrarse con uno a plena luz del día y peor aún, ¡con un hombre lobo! echarse a correr sería tonto considerando lo rápido que seguramente era. Mientras que, por otro lado; su atacante se veía divertido pues sonreía mostrando todos sus dientes, babeando excesivamente mientras su lengua recorría sus incisivos pensando en que sabor tendría aquella delicada carne.
En un momento de desesperación logró llevar la diestra dentro de su canasta, buscando un cuchillo, un vil traste que no tenía filo y una punta curva pero era todo lo que tenía, y con el, amenazó al animal que solo rió con sorna al encontrarse con el pequeño trozo de metal.

¾     ¡¿Ah?!  ¿Y que harás con eso, ponerle mantequilla al pan que te acompañará? ¡No me hagas reír!

El altanero lobo se inclinó sobre ella, abriendo sus fauces para dar el primer mordisco en la cara de la menor, pero esta no se dejó y con la poca valentía que tenía; clavó el cuchillo en su ojo izquierdo, enterrándolo cuanto pudo con un giro de su muñeca.
El lobo dejó ir un fuerte grito humano que se mezclaba con el aullar lastimero de los lobos heridos, la sangre pronto bañó su mejilla y aun más molesto la amenazó.

¾     Te sacaré uno de tus ojos y me lo pondré en la cuenta de este, así cuando mis compañeros me vean, podré decirles que una insolente muchacha estúpida intentó hacerme daño. ¡Nos reiremos de ti a lo grande!-


La pequeña Alice estaba tan aterrada, sus manos se encogieron en su pecho y sin querer escuchar mas se echó a correr en dirección a casa de su madre, sollozando e hipeando, sintiendo como la adrenalina del miedo la hacia correr aun mas rápido. “Mamá”  gritó, y creyendo que lo había hecho internamente lo repitió con mayor fuerza dejando que el herido lobo la escuchase.
Las orejas del animal captaron las suplicas mientras se sacaba el traste del ojo, el globo ocular no se había salvado pues estaba reventado y echo pedazos tanto en la cuenca como en el cuchillo. Tomando en cuenta a donde se dirigía supo inmediatamente que ¡La vieja que se había comido era a quien la niñita buscaba!

¾     Me vengaré de ti, te haré desear morir,- susurró en un siseo, ocultando su rostro y dejando que se oscureciera entre sus negros cabellos, lo único que podía verse era la centellante sonrisa que resplandecía a la blancura innata de sus dientes afilados al asomarse entre sus labios. - querrás ser comida por mí…si…eso haré…-




Sus piernas ardían y la fatiga del esfuerzo excesivo comenzaba a derrumbarla, había perdido de vista al lobo, pero eso no significaba que no estuviera cerca, bien podía estar escondido a unos pasos, esperando que alentara su paso hasta quedarse estática en espera de un nuevo aliento o callera de cansancio en el frío suelo cubierto con el tapete otoñal de dicha estación.  La sangre que se extendía con gran velocidad en cada latido de su pobre corazón galopante se aglomeraba en sus mejillas, el vahó que nublaba su vista le desesperaba, pero no mas que el dolor en las costillas por los movimientos caóticos de sus pulmones, no estaba acostumbrada a tanto esfuerzo, pero no podía detenerse, no ahora que la casa de su madre estaba tan cerca y la mañana había dejado su paso a la tarde, el calor del sol era más intenso pero el frío se negaba a esfumarse, aun se sentía el fresco y eso le daba una nueva vitalidad recién encontrada.

El lobo no daba señales de haberla seguido y a sus espaldas solo estaba el camino de hojas que había esparcido en su carrera, por otro lado, la vía hacia la casa de su madre parecía segura, pero también lo había parecido el lugar dónde se encontró al lobo.



Antes de seguir tomaría precauciones, ahora sin su cuchillo no tenía nada que pudiera protegerla por lo menos un poco del animal mitad humano. Buscó a su alrededor pero no vio nada más que grandes rocas incargables, flores casi marchitas y hojas al igual que ramas las cuales habían sido alguna vez su hogar.

Mientras sus ojos se paseaban por el lugar un suave sonido la sobresaltó, volvió rápidamente la mirada al lugar de donde creyó había venido, pero nada, solo hojas cayendo, viento y…un brillo de algo metálico… ¿Qué era? Dudó, quería ver pero ya se había metido en grabes problemas por su impertinencia,  ¿Realmente está bien ir a ver?  Se preguntó sin obtener respuesta, no había nadie que pudiera dársela, entonces… ¡tampoco había nadie para hacerle daño!

En medio de una cama de hojas amarillentas con venas cafés había encontrado un cuchillo, no uno de esos que había usado, si no uno con verdadero filo, una punta aguda y amenazante, era de un grosor considerable y un largo de unos 10 centímetros; miró nuevamente a su alrededor en busca del dueño del arma punzocortante pues no daba señales de haber estado ahí desde siempre, estaba limpio y sin corrosión, más al no ver a nadie la guardó en su canasta y retomó el paso.

Mantuvo el oído atento el resto de su recorrido aunque fuera silencio lo único que el viento le trajera, un escalofrío recorría su espalda y hacia erizar su piel cuando la brisa movía sus cabellos, la deliciosa sensación que le habían dado al principio ahora solo le asustaba y confundía, era como si alguien estuviera pisándole los talones y que su respiración obligara a sus cabellos a danzar. La casa de su madre ya estaba tan cerca que era un tentación salir disparada a la puerta, y , cuando solo restaban unos metros apresuró su paso hasta  llegar a la entrada, tocando con un serio desespero, sus ojos se movían tiritantes en todas direcciones sin mantenerse en una más de dos segundos.

La falta de respuesta por parte de su vieja madre provocó un temblor en sus piernas he insistencia de sus puños, sus labios se apretaron contra las blancas perlas  que escondían y las rodillas se le doblaron, por un momento se pensó seguida por el lobo y acorralada en el peor lugar posible, creía que en cualquier instante de entre las ramas; un hombre lobo saltaría sobre ella y la devoraría en menos de tres mordiscos,  las lágrimas se acumularon en sus ojos y, con la mente ocupada dio lugar a creer que la vieja mujer no respondería la puerta pero el cerrojo se abrió… el par de gotas que viajaron por sus mejillas fueron de alivio puro al ver la holgada pijama de su madre alejarse de la puerta hasta tomar descanso nuevamente en su cama, pero había algo diferente en la casa, se veía más lúgubre y oscura, las cortinas de color pastel que tanto le gustaban a su madre ahora eran de un tono rojo oscuro, casi negro, y aunque no había muchos árboles alrededor de la cabaña la poca luz del día luchaba para filtrarse entre las ramas y alumbrar el lugar. También ella estaba diferente, se veía más saludable y no cojeaba tanto, ni estaba tan encorvada como la última vez que la visitó, no podía verla bien, su rostro le era negado por el gorro del pijama que estaba inclinado de tal manera que la poca luz que podía iluminarla quedara en mentira.

¾     -¿Te has mejorado, mamá?

Preguntó inocentemente la niña con una vocecita entrecortada mas no recibió la respuesta que esperaba. Su madre solo asintió con la cabeza sin decir anda y con un gesto de la misma le indicó la mesa vacía. Enseguida entendió la orden y espabiló su cuerpo para entrar y cerrar la puerta a sus espaldas, dejó la canasta sobre la mesa sacando las galletas, la leche y el pan, pero dudó sobre el cuchillo. “Podría asustarla” pensó, pero sabía que era una excusa para mantener ignorante a su madre. Cubrió la canasta una vez que acomodó la comida en la mesa e invitó a la enferma a sentarse a su lado. Esta se negó.

¾     ¿No vendrás a comer?- Su mirada se había vuelto más suspicaz y sus manos se acercaron disimuladamente a la canasta, la pobre luz mortecina le obligó a trazar sus posibles movimientos mentalmente pues no tenía demasiado de donde escoger, más una vez que se dio cuenta de lo que estaba planeando se aterrorizó de sí misma al ir en contra de la que quería creer; era su madre
¾     No tengo apetito de algo dulce, hijita.- respondió una voz desconocida, era femenina, en efecto, pero se escuchaba forzada y no era la de su madre. Su garganta se secó aunque las ganas de salir de ahí con vida iban creciendo, estaba asustada pero sabía que el menor signo de debilidad haría que la persona que suplantaba a su madre se dejara ir sobre ella dejando atrás la farsa.
¾     E-entonces… ¿de qué tienes ganas?- la palma de sus manos estaba empapada en sudor, sus ojos se paseaban ahora por todo el lugar sin saber qué hacer, los planes formulados y tácticas previstas se habían esfumado y una sonrisa torcida apareció en sus labios, intentando muy fallidamente sonar casual.
¾     ¿Podrías venir a mi lado, hijita?-  finalmente sus orbes de detuvieron para ver entre la penumbra, la cual parecía hacerse más profunda en cada minuto, el destello de un ojo que el gorro dejaba al descubierto. Temía. Sus piernas levantaron el cuerpo de la niña y lo llevaron al lado de la cama, con sus manos en el regazo y una forzada mirada cálida respondió:
¾     ¿Sí?- la brillante canica la observaba con atención, parecía querer penetrar en su cuerpo, pasar el músculo y los órganos en busca de sus huesos hasta dar con el tuétano, le helaba hasta la punta de la coronilla. 
¾     Hay algo de lo que tengo antojo.- El corazón de la niña se congeló. Estando a tan escasos metros de la impostora se dio cuenta de lo enorme que era el ojo que la observaba y buscando mantenerle hablando más lo comentó.
¾     Madre, tus ojos…están más grandes que la luna.- dio un paso hacia atrás poniendo un gesto de curiosidad, como si buscara verla de un ángulo diferente…
¾     ¿Estos?- respondió señalando el que tenía al descubierto –Me los dio la diosa de los rayos platinos para verte mejor.- mintió.
¾     ¿D-de verdad?- respondió en un susurro, a lo que la dama en cama respondió en una afirmación. -Bueno, desde aquí no me puedes escuchar claramente, ¿también te ha dado orejas nuevas?-
¾     ¡Por supuesto, con ojos nuevos, necesitaba unas orejas nuevas!- Exclamó esbozando una brillante sonrisa descuidada que dejó ver lo grande de sus dientes, Alice se sobresaltó recordando al instante dónde había visto esos colmillos y porqué solo lograba ver un solo ojo pese a lo brillante de este….una pregunta más…una más bastaría para obtener su canasta.
¾     Y…¡Qué dientes tan grandes tienes, seguro quien te los dio pensaba en la clase de cosas que con ellos podrías comer!.- sus traspiés se detuvieron con un suave golpe, el borde de la mesa, lo había conseguido pero…
¾     Claro, mi niña…lo pensó y estaba en lo correcto, necesito dientes fuertes… ¡Para comerme a niñas como tú, maldita!- el lobo saltó de la cama y dejó su escondite atrás, iba en contra de la niña quien nuevamente intentó su primer ataque pero con un arma nueva, y aunque ella debió haberlo imaginado no le pasó por la cabeza lo que el lobo hizo. Esquivó el ataque inmovilizando su mano por la muñeca, con un vistazo de su ojo bueno se quedó mirando el enorme cuchillo que tiritaba entre los dedos de la pequeña, riendo a carcajadas el pendenciero lobo le dijo:
¾     esta es un arma muy peligrosa para que una niñata la tenga, si la tenías debiste atacarme con ella en lugar de esa mugre de mondadientes que me encajaste en el ojo derecho, debiste haberme matado cuando pudiste, vengado a tu madre, salvándote a ti…porque si…me la comí, me la comí toda, no dejé ni siquiera la ropa que traía puesta pero no te preocupes no sufrió y la compartí con los gusanos, lo que me comí fue su cadáver, ¿te hubiera gustado verlo? Que enferma que eres, estaba asquerosa pero para un hambriento perro como yo fue un manjar.-

Las palabras hirientes del lobo lograron su cometido; los ojos rojizos de la menor se apañaron y el cuchillo cayó al suelo ante su debilidad haciendo un ruido sordo y metálico, las lágrimas que nublaron su vista resbalaron por sus mejillas pero fueron secadas casi al instante por una apestosa, babosa y roñosa lengua que las saboreó, los colmillos chocaron con la suave y rosada piel de sus mejillas mientras que los labios del hombre lobo se movían sobre su carne, murmurando  “Te comeré lenta y cuidadosamente, sentirás cada mordisco y lengüetazo, dedo por dedo, luego tus brazos, después tus piernas y finalmente te mataré cuando vaya por su estómago del cual me saciaré, si, serás toda una delicia, un festín, pero mi primer bocado lo tomaré de aquí mismo, porque ¿sabes? La carne de la cara, en especial las mejillas son la más deliciosa…”

Alice cerró con fuerza sus ojos y apretó los dientes en espera de una fuerte mordida, podría escuchar como la boca del lobo se abría a sus anchas y en un rápido movimiento se abalanzaba hacía sí pero…nunca llegó.

Se aventuró a mirar pero con cautela,  la luna era ahora la luz que se encendía sobre el escenario y gracias a ella podía ver una figura humana más, era totalmente oscura con un suave brillo a su espalda, una tercera persona había llegado y noqueado al lobo feroz poco antes de su ataque, fue una verdadera suerte y estaba feliz, tanto que un efusivo “Gracias” salió de su boca.

¾     No me agradezcas- dijo el tercero –esto no lo hice de buena fe, ahora que te he salvado tu deber es pagarme.-
¾     ¿Eh…?- no entendía de que hablaba, pero la figura se acercó lentamente, pasando sobre el lobo inconsciente haciéndolo pujar, los primeros en mostrarse fueron sus ojos claros y resplandecientes, eran de un color grisáceo tan deslumbrante que por un momento pensó que era otro de esos hombres lobo, pero no. Cuando llegó al punto en que el escaso brillo bañaba claramente el lugar pudo verlo mejor, era humano, de eso no había duda, pero sus cabellos estaban descuidados y eran de un color rojo profundo que le provocaba un extraño temor, también era alto, muy alto, su cuerpo era delgado pero fornido, y su rostro no mostraba gesto de maldad pero sus ojos se veían llenos de pena y su entrecejo severo le dijo que no estaba bromeando.
¾     Tu eres la bruja que me hizo esto, tú me hechizaste, ¡tú maldijiste mi alma!- unas grandes manos sujetaron su rostro acunándolo en un cuenco, trató de negarlo pero el desespero que mostraba la conmovió, no podía dejarlo así.
¾     Yo…lo siento pero no soy a quien buscas…-el abatimiento en la cara de su salvador le obligó a continuar, pese a que no estaba segura de querer hacerlo.- ¡Pe-pero…! en agradecimiento por haberme salvado la vida te llevaré con alguien que sabrá quién es, porque ese alguien lo sabe todo y jamás miente.-
¾     …- lo meditó un momento pero sin soltar a la niña, no quería arriesgarse.  Finalmente dejó su rostro y arrastró el cuerpo quejumbroso del hombre lobo hasta la puerta donde descansaba un hacha que el mayor había traído consigo y dijo: -Acepto, pero si mientes…- acomodó el cuerpo del lobo de modo que lo único que quedó afuera de la casa fuera su cabeza colocando un pie sobre sus omóplatos y como acto seguido: tomó el hacha entre sus manos, la alzó en el aire y en silbido; esta cortó de un tajo el cuello del animal, devolviéndole la forma que alguna vez tuvo. –El cuerpo bajo mi pie será el tuyo.-


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