Little Black Riding Hood
En lo profundo del bosque, allá
dónde la luz deja de brillar; había una cabaña perdida y alejada del pueblo. Nadie
había sido tan valiente para atreverse a cruzar las paredes de sombras que se
formaban alrededor de una espesa arboleda cuando el profundo camino hacia la
casita empezaba. Pero la tentación y curiosidad de las personas es grade, tanto
que incluso había leyendas sobre grandes riquezas las cuales no se acabarían en
una vida, diosas hermosas que esperaban esposos a los cuales consentir y
ciudadelas ricas en alimento y oro en las que los sueños eran cumplidos. Y como en toda leyenda o mito había peligros, míticos
monstruos que se decía; disparaban extrañas municiones inagotables con ambas
manos desnudas desde sus palmas y ogros feroces que eran capaces de arrancarte
la cabeza solo con un suave golpe, estás criaturas hacían palidecer al mas
valiente y feroz de los guerreros. También se decía que si dabas un sacrificio
humanos tu mas grande deseo se concedería y la gente en su ignorancia y miedo
bien se lo creía, pues nadie nunca que hubiera entrado ahí como sacrificio o
curioso había salido con vida, a excepción de un joven y desafortunado cazador
que había sido engatusado con promesas de matrimonio. Le habían pedido que mostrara
su amor con alguno de los muchos cofres llenos de oro que se decía: había al
otro lado del oscuro túnel, decidido a desposar a la hermosa hija de un
mercader aceptó, sin imaginarse lo que ocurriría…los días pasaron y se convirtieron
en semanas, la semanas en meses regresó, lo dieron por muerto al tercer mes eh
incluso arreglaron un funeral pequeño que se propusieron celebrar hasta que
regresó. Sus ropas estaban sucias y roídas, sus ojos que alguna vez tuvieron un
hermoso color oscuro verde aceituna ahora eran grises, de un gris fantasmal
casi tan brillante como los rayos de luna, y sus cabellos castaños se habían
oscurecido en un rojo profundo hasta parecer casi sangre, la imagen había
horrorizado a todos en el pueblo cuando lo encontraron, además ¡se había vuelto
loco!, hablaba disparates sobre una mujer de indescriptible belleza que tenía
los ojos tan rojos como rubíes y el cabello tan oscuro como los confines de la
mas terrible pesadilla que se había apiadado de él a cambio de que advirtiera
al pueblo de no enviar mas sacrificios, se había convertido en su mensajero y
por ello estaba maldito.
“Está
loco”
“Como una
cabra”
Se decían ellos mismos para no perder la poca
fe que les quedaba, ignorando las advertencias del joven que echaron de nuevo
al bosque con sus trastes para que no les atrajera la mala suerte.
Pero mientras que en el pueblo las
supersticiones y malos augurios tenían a los aldeanos con los rezos al cielo,
en aquella cabaña una hermosa niña era consentida por su padre a quien
incontables veces habían llamado ogro por esa mirada fiera que tenía y su alta
estatura, su cuerpo fornido pero no en demasía lo hacía ver mas ancho, sus ojos
brillantes y rojos parecían iluminarse en la oscuridad y los negros cabellos
que caían sobre su rostro daba un aspecto que, a mitad de la noche, bien podía
causarle un susto de muerte a cualquiera que se lo cruzara, pero para la
pequeña niña era el hombre mas amable del mundo, ella era muy similar a él,
compartía el color de sus ojos y la tonalidad de su cabello al igual que el
blanco de su piel, solo que con largos cabellos que caían como cascadas por sus
hombros y sus ojos tenían un toque felino que le daba cierto encanto juvenil a
su ya de por si tierna cara, su nombre era Alice.
La madre de Alice y esposa de
Begleiter, quien era su padre, había sido atacada por una horrible enfermedad
en medio del invierno pasado y la mujer desvalida, con pena y lagrimas en la
cara les había pedido que la dejasen, temía contagiarlos de tan terrible
suplicio, aseguraba sentir como su cuerpo era consumido cada noche cuando
intentaba conciliar el sueño y la palidez de su piel en conjunto con el rojo de
sus labios obra de la sangre que tosía hacía llorar a su pequeña hija, ninguna
madre deseaba ver a sus hijos llenos de miedo, y lo que menos quería era que la
viera morir pues estaba segura que no llegaría al próximo otoño…
Le rogó a su esposo que se la
llevara, que fuera a vivir con su hermano, un viejo cazador de zorros, al otro
lado del bosque, aquél hombre de nombre Balchder adoraba a Alice y siempre se había mostrado
consentidor con ella, seguro estaría mas que feliz de recibirlos. Y Begleiter,
de mala gana aceptó, pero con la condición de que Alice pudiera venir a verla
de vez en cuando.
La mujer aprobó su petición sin mas
remedio pidiendo que se fueran ese mismo día, pero el trato había quedado
pactado y sin falta una vez al mes Alice iba con su madre con una canasta llena
de deliciosos bocadillos, panes con miel, leche dulce y algunas galletas de
mantequilla echas por ella misma.
El frío podía sentirse en el
ambiente con el otoño ya en los hombros y su padre no la había dejado partir
sin el abrigo adecuado: Una capucha negra y unos guates a juego serian lo que
la protegería de los vientos fuertes y el frío suave de la brisa, sus largos
cabellos habían sido recogidos en un par de coletas y su vestido favorito rojo
con holanes a sus faldas y un encaje negro de adorno hacía un atuendo perfecto
con sus botas negras para el laborioso viaje, a su padre le hubiera encantado
ir con ella, pero la niña se jactaba de tener la edad suficiente para ir ella
sola, y dejándola ganar esta batalla dejó que partiera pero no sin una ultima
advertencia que saliera de sus labios
antes de dejarla ir…
“Toma el
camino que conoces y no el largo, ya sabes como pueden ser de tramposos los
lobos que rodean la zona y si crees que algo anda mal regresa a casa, mi
pequeña”
Asintió obediente con una sonrisa en
su rostro. Su padre era bastante amable… no entendía porque la gente lo llamaba
ogro o bestia cuando lo veían; al igual que a su tío, a quien le gritaban ‘monstruo
maldito’, pero a ella no le parecía uno, y menos cuando la despedía cálidamente
con un beso en la frente y un “buena
suerte, mi niña”
Durante el camino a casa de su madre
la mañana había estado tranquila, la senda despejada y el la luz del día que se
filtraba entre las ramas casi desnudas de los árboles era suficiente para ver
con claridad, el canto de los pocos pájaros que aun salían era alegre y el
suave murmullo del viento fresco hacia danzar sus cabellos entre los susurros
de la brisa a cada desliz de sus pies, el aroma dulce de la comida que le
llevaba a su amada madre se fundía con el aire haciendo aun más placentero su
paseo, hasta que un fuerte ruido la asustó, y no solo a ella, también los
pajarillos a su alrededor salieron volando, pasó que a unos metros mas adelante
la caída de un viejo roble había hecho correr asustados a muchos de los
animales y el inmenso árbol era de una altura tal que escalarlo parecía
imposible, la madera aun siendo vieja era bastante gruesa y rómpela no era una
opción, lo único que quedaba era cambiar de camino, pero al dar la vuelta las
advertencias de su padre resonaron en su cabeza.
“No
debo…tengo que regresar a casa”
Se dijo, pero la imagen de su madre
en cama, muriendo sola y abandonada le apañaron los ojos, no podía solo volver,
además, con solo una visita al mes no se podía dar el lujo de faltar, la
soledad y confinamiento por el que pasaba su madre debía ser horrible…aun era
temprano y si regresaba perdería tiempo valioso, los lobos no la asustarían,
los osos estaban durmiendo y no había otro animal al que temer, pues los zorros
no atacan nada mas grande que un conejo. Con paso firme volvió por el camino
hasta llegar a la división tan conocida, el segundo camino no era muy diferente
al primero, solo que ahí los arbustos eran más espesos y algunos huesos de
animales podían perturbar la vista, pero ni un gruñido o pelaje negro estaban a
la vista.
Por un momento se sintió segura.
“Llegaré a casa de mi madre sin ningún problema y
mañana volveré con mi tío y papá para la cena” se dijo, esbozando una sonrisa
llena de alegría e impaciencia, ignorante a los ojos esmeralda que seguían de
cerca sus pasos, y el cuerpo que se deslizaba entre la hierva, había alguien
mas con ella, alguien que la deseaba en su plato y se relamía los labios al
pensar lo jugoso de sus piernas y la textura de sus brazos, moría por clavar el
diente en su cuello y probar la carne que cubría sus huesos.
“Después
de comerme a esa vieja asquerosa un bocadillo saludable no me vendría mal…” murmuró para si,
deslizándose entre las ramas con pericia hasta quedar frente a la niña.
¾
Hola,
preciosa damita. Siento que es mí
deber informarle que usted a llegado al final del camino.
Los pasos de la niña se detuvieron
hasta que dio uno hacia atrás, sus manos tensas y sus ojos abiertos como platos
pero con el entrecejo fruncido daban una imagen entre asco y miedo, pues el ver
a aquel joven de negros cabellos y sus ojos resplandeciendo de hambre le decían
que era un lobo, y no uno cualquiera, sino uno de los pocos que habían logrado
transformarse en semi-humanos gracias la hechicería, ya que la parte baja del cuerpo
perteneciente al hombre aun era lobuna, cubierta de pelo, erguido a duras penas
en sus patas traseras y con la cola contoneándose oscilante en son de ataque.
Estaba nerviosa y el titubeo en sus
manos cuando el joven se movió rodeándola lo dijo todo. No tenía un plan para
esto, no había previsto encontrarse con uno a plena luz del día y peor aún,
¡con un hombre lobo! echarse a correr sería tonto considerando lo rápido que
seguramente era. Mientras que, por otro lado; su atacante se veía divertido
pues sonreía mostrando todos sus dientes, babeando excesivamente mientras su
lengua recorría sus incisivos pensando en que sabor tendría aquella delicada
carne.
En un momento de desesperación logró
llevar la diestra dentro de su canasta, buscando un cuchillo, un vil traste que
no tenía filo y una punta curva pero era todo lo que tenía, y con el, amenazó
al animal que solo rió con sorna al encontrarse con el pequeño trozo de metal.
¾
¡¿Ah?! ¿Y que harás con eso, ponerle mantequilla al
pan que te acompañará? ¡No me hagas reír!
El altanero lobo se inclinó sobre
ella, abriendo sus fauces para dar el primer mordisco en la cara de la menor,
pero esta no se dejó y con la poca valentía que tenía; clavó el cuchillo en su
ojo izquierdo, enterrándolo cuanto pudo con un giro de su muñeca.
El lobo dejó ir un fuerte grito
humano que se mezclaba con el aullar lastimero de los lobos heridos, la sangre
pronto bañó su mejilla y aun más molesto la amenazó.
¾
Te
sacaré uno de tus ojos y me lo pondré en la cuenta de este, así cuando mis
compañeros me vean, podré decirles que una insolente muchacha estúpida intentó
hacerme daño. ¡Nos reiremos de ti a lo grande!-
La pequeña Alice estaba tan
aterrada, sus manos se encogieron en su pecho y sin querer escuchar mas se echó
a correr en dirección a casa de su madre, sollozando e hipeando, sintiendo como
la adrenalina del miedo la hacia correr aun mas rápido. “Mamá” gritó, y creyendo que
lo había hecho internamente lo repitió con mayor fuerza dejando que el herido
lobo la escuchase.
Las orejas del animal captaron las
suplicas mientras se sacaba el traste del ojo, el globo ocular no se había
salvado pues estaba reventado y echo pedazos tanto en la cuenca como en el
cuchillo. Tomando en cuenta a donde se dirigía supo inmediatamente que ¡La
vieja que se había comido era a quien la niñita buscaba!
¾
Me
vengaré de ti, te haré desear morir,- susurró en un siseo, ocultando su rostro
y dejando que se oscureciera entre sus negros cabellos, lo único que podía
verse era la centellante sonrisa que resplandecía a la blancura innata de sus
dientes afilados al asomarse entre sus labios. - querrás ser comida por mí…si…eso
haré…-
Sus
piernas ardían y la fatiga del esfuerzo excesivo comenzaba a derrumbarla, había
perdido de vista al lobo, pero eso no significaba que no estuviera cerca, bien
podía estar escondido a unos pasos, esperando que alentara su paso hasta
quedarse estática en espera de un nuevo aliento o callera de cansancio en el
frío suelo cubierto con el tapete otoñal de dicha estación. La sangre que se extendía con gran velocidad
en cada latido de su pobre corazón galopante se aglomeraba en sus mejillas, el
vahó que nublaba su vista le desesperaba, pero no mas que el dolor en las
costillas por los movimientos caóticos de sus pulmones, no estaba acostumbrada
a tanto esfuerzo, pero no podía detenerse, no ahora que la casa de su madre
estaba tan cerca y la mañana había dejado su paso a la tarde, el calor del sol
era más intenso pero el frío se negaba a esfumarse, aun se sentía el fresco y
eso le daba una nueva vitalidad recién encontrada.
El
lobo no daba señales de haberla seguido y a sus espaldas solo estaba el camino
de hojas que había esparcido en su carrera, por otro lado, la vía hacia la casa
de su madre parecía segura, pero también lo había parecido el lugar dónde se
encontró al lobo.
Antes
de seguir tomaría precauciones, ahora sin su cuchillo no tenía nada que pudiera
protegerla por lo menos un poco del animal mitad humano. Buscó a su alrededor
pero no vio nada más que grandes rocas incargables, flores casi marchitas y hojas
al igual que ramas las cuales habían sido alguna vez su hogar.
Mientras
sus ojos se paseaban por el lugar un suave sonido la sobresaltó, volvió
rápidamente la mirada al lugar de donde creyó había venido, pero nada, solo
hojas cayendo, viento y…un brillo de algo metálico… ¿Qué era? Dudó, quería ver
pero ya se había metido en grabes problemas por su impertinencia, ¿Realmente
está bien ir a ver? Se preguntó sin
obtener respuesta, no había nadie que pudiera dársela, entonces… ¡tampoco había
nadie para hacerle daño!
En
medio de una cama de hojas amarillentas con venas cafés había encontrado un
cuchillo, no uno de esos que había usado, si no uno con verdadero filo, una
punta aguda y amenazante, era de un grosor considerable y un largo de unos 10
centímetros; miró nuevamente a su alrededor en busca del dueño del arma
punzocortante pues no daba señales de haber estado ahí desde siempre, estaba
limpio y sin corrosión, más al no ver a nadie la guardó en su canasta y retomó
el paso.
Mantuvo
el oído atento el resto de su recorrido aunque fuera silencio lo único que el
viento le trajera, un escalofrío recorría su espalda y hacia erizar su piel
cuando la brisa movía sus cabellos, la deliciosa sensación que le habían dado
al principio ahora solo le asustaba y confundía, era como si alguien estuviera pisándole
los talones y que su respiración obligara a sus cabellos a danzar. La casa de
su madre ya estaba tan cerca que era un tentación salir disparada a la puerta,
y , cuando solo restaban unos metros apresuró su paso hasta llegar a la entrada, tocando con un serio
desespero, sus ojos se movían tiritantes en todas direcciones sin mantenerse en
una más de dos segundos.
La
falta de respuesta por parte de su vieja madre provocó un temblor en sus
piernas he insistencia de sus puños, sus labios se apretaron contra las blancas
perlas que escondían y las rodillas se
le doblaron, por un momento se pensó seguida por el lobo y acorralada en el
peor lugar posible, creía que en cualquier instante de entre las ramas; un
hombre lobo saltaría sobre ella y la devoraría en menos de tres mordiscos, las lágrimas se acumularon en sus ojos y, con
la mente ocupada dio lugar a creer que la vieja mujer no respondería la puerta
pero el cerrojo se abrió… el par de gotas que viajaron por sus mejillas fueron
de alivio puro al ver la holgada pijama de su madre alejarse de la puerta hasta
tomar descanso nuevamente en su cama, pero había algo diferente en la casa, se
veía más lúgubre y oscura, las cortinas de color pastel que tanto le gustaban a
su madre ahora eran de un tono rojo oscuro, casi negro, y aunque no había
muchos árboles alrededor de la cabaña la poca luz del día luchaba para
filtrarse entre las ramas y alumbrar el lugar. También ella estaba diferente,
se veía más saludable y no cojeaba tanto, ni estaba tan encorvada como la
última vez que la visitó, no podía verla bien, su rostro le era negado por el
gorro del pijama que estaba inclinado de tal manera que la poca luz que podía
iluminarla quedara en mentira.
¾
-¿Te
has mejorado, mamá?
Preguntó
inocentemente la niña con una vocecita entrecortada mas no recibió la respuesta
que esperaba. Su madre solo asintió con la cabeza sin decir anda y con un gesto
de la misma le indicó la mesa vacía. Enseguida entendió la orden y espabiló su
cuerpo para entrar y cerrar la puerta a sus espaldas, dejó la canasta sobre la
mesa sacando las galletas, la leche y el pan, pero dudó sobre el cuchillo.
“Podría asustarla” pensó, pero sabía que era una excusa para mantener ignorante
a su madre. Cubrió la canasta una vez que acomodó la comida en la mesa e invitó
a la enferma a sentarse a su lado. Esta se negó.
¾
¿No
vendrás a comer?- Su mirada se había vuelto más suspicaz y sus manos se
acercaron disimuladamente a la canasta, la pobre luz mortecina le obligó a
trazar sus posibles movimientos mentalmente pues no tenía demasiado de donde
escoger, más una vez que se dio cuenta de lo que estaba planeando se aterrorizó
de sí misma al ir en contra de la que quería creer; era su madre
¾
No
tengo apetito de algo dulce, hijita.- respondió una voz desconocida, era
femenina, en efecto, pero se escuchaba forzada y no era la de su madre. Su
garganta se secó aunque las ganas de salir de ahí con vida iban creciendo,
estaba asustada pero sabía que el menor signo de debilidad haría que la persona
que suplantaba a su madre se dejara ir sobre ella dejando atrás la farsa.
¾
E-entonces…
¿de qué tienes ganas?- la palma de sus manos estaba empapada en sudor, sus ojos
se paseaban ahora por todo el lugar sin saber qué hacer, los planes formulados
y tácticas previstas se habían esfumado y una sonrisa torcida apareció en sus
labios, intentando muy fallidamente sonar casual.
¾
¿Podrías
venir a mi lado, hijita?- finalmente sus
orbes de detuvieron para ver entre la penumbra, la cual parecía hacerse más
profunda en cada minuto, el destello de un ojo que el gorro dejaba al
descubierto. Temía. Sus piernas levantaron el cuerpo de la niña y lo llevaron
al lado de la cama, con sus manos en el regazo y una forzada mirada cálida
respondió:
¾
¿Sí?-
la brillante canica la observaba con atención, parecía querer penetrar en su
cuerpo, pasar el músculo y los órganos en busca de sus huesos hasta dar con el
tuétano, le helaba hasta la punta de la coronilla.
¾
Hay
algo de lo que tengo antojo.- El corazón de la niña se congeló. Estando a tan
escasos metros de la impostora se dio cuenta de lo enorme que era el ojo que la
observaba y buscando mantenerle hablando más lo comentó.
¾
Madre,
tus ojos…están más grandes que la luna.- dio un paso hacia atrás poniendo un
gesto de curiosidad, como si buscara verla de un ángulo diferente…
¾
¿Estos?-
respondió señalando el que tenía al descubierto –Me los dio la diosa de los
rayos platinos para verte mejor.- mintió.
¾
¿D-de
verdad?- respondió en un susurro, a lo que la dama en cama respondió en una
afirmación. -Bueno, desde aquí no me puedes escuchar claramente, ¿también te ha
dado orejas nuevas?-
¾
¡Por
supuesto, con ojos nuevos, necesitaba unas orejas nuevas!- Exclamó esbozando
una brillante sonrisa descuidada que dejó ver lo grande de sus dientes, Alice
se sobresaltó recordando al instante dónde había visto esos colmillos y porqué
solo lograba ver un solo ojo pese a lo brillante de este….una pregunta más…una
más bastaría para obtener su canasta.
¾
Y…¡Qué
dientes tan grandes tienes, seguro quien te los dio pensaba en la clase de
cosas que con ellos podrías comer!.- sus traspiés se detuvieron con un suave
golpe, el borde de la mesa, lo había conseguido pero…
¾
Claro,
mi niña…lo pensó y estaba en lo correcto, necesito dientes fuertes… ¡Para
comerme a niñas como tú, maldita!- el lobo saltó de la cama y dejó su escondite
atrás, iba en contra de la niña quien nuevamente intentó su primer ataque pero
con un arma nueva, y aunque ella debió haberlo imaginado no le pasó por la
cabeza lo que el lobo hizo. Esquivó el ataque inmovilizando su mano por la
muñeca, con un vistazo de su ojo bueno se quedó mirando el enorme cuchillo que
tiritaba entre los dedos de la pequeña, riendo a carcajadas el pendenciero lobo
le dijo:
¾
esta
es un arma muy peligrosa para que una niñata la tenga, si la tenías debiste
atacarme con ella en lugar de esa mugre de mondadientes que me encajaste en el
ojo derecho, debiste haberme matado cuando pudiste, vengado a tu madre,
salvándote a ti…porque si…me la comí, me la comí toda, no dejé ni siquiera la
ropa que traía puesta pero no te preocupes no sufrió y la compartí con los
gusanos, lo que me comí fue su cadáver, ¿te hubiera gustado verlo? Que enferma
que eres, estaba asquerosa pero para un hambriento perro como yo fue un
manjar.-
Las
palabras hirientes del lobo lograron su cometido; los ojos rojizos de la menor
se apañaron y el cuchillo cayó al suelo ante su debilidad haciendo un ruido
sordo y metálico, las lágrimas que nublaron su vista resbalaron por sus
mejillas pero fueron secadas casi al instante por una apestosa, babosa y roñosa
lengua que las saboreó, los colmillos chocaron con la suave y rosada piel de
sus mejillas mientras que los labios del hombre lobo se movían sobre su carne,
murmurando “Te comeré lenta y cuidadosamente, sentirás
cada mordisco y lengüetazo, dedo por dedo, luego tus brazos, después tus
piernas y finalmente te mataré cuando vaya por su estómago del cual me saciaré,
si, serás toda una delicia, un festín, pero mi primer bocado lo tomaré de aquí
mismo, porque ¿sabes? La carne de la cara, en especial las mejillas son la más
deliciosa…”
Alice
cerró con fuerza sus ojos y apretó los dientes en espera de una fuerte mordida,
podría escuchar como la boca del lobo se abría a sus anchas y en un rápido
movimiento se abalanzaba hacía sí pero…nunca llegó.
Se
aventuró a mirar pero con cautela, la
luna era ahora la luz que se encendía sobre el escenario y gracias a ella podía
ver una figura humana más, era totalmente oscura con un suave brillo a su
espalda, una tercera persona había llegado y noqueado al lobo feroz poco antes
de su ataque, fue una verdadera suerte y estaba feliz, tanto que un efusivo
“Gracias” salió de su boca.
¾
No
me agradezcas- dijo el tercero –esto no lo hice de buena fe, ahora que te he
salvado tu deber es pagarme.-
¾
¿Eh…?-
no entendía de que hablaba, pero la figura se acercó lentamente, pasando sobre
el lobo inconsciente haciéndolo pujar, los primeros en mostrarse fueron sus
ojos claros y resplandecientes, eran de un color grisáceo tan deslumbrante que
por un momento pensó que era otro de esos hombres lobo, pero no. Cuando llegó
al punto en que el escaso brillo bañaba claramente el lugar pudo verlo mejor,
era humano, de eso no había duda, pero sus cabellos estaban descuidados y eran
de un color rojo profundo que le provocaba un extraño temor, también era alto,
muy alto, su cuerpo era delgado pero fornido, y su rostro no mostraba gesto de
maldad pero sus ojos se veían llenos de pena y su entrecejo severo le dijo que
no estaba bromeando.
¾
Tu
eres la bruja que me hizo esto, tú me hechizaste, ¡tú maldijiste mi alma!- unas
grandes manos sujetaron su rostro acunándolo en un cuenco, trató de negarlo
pero el desespero que mostraba la conmovió, no podía dejarlo así.
¾
Yo…lo
siento pero no soy a quien buscas…-el abatimiento en la cara de su salvador le
obligó a continuar, pese a que no estaba segura de querer hacerlo.- ¡Pe-pero…! en
agradecimiento por haberme salvado la vida te llevaré con alguien que sabrá
quién es, porque ese alguien lo sabe todo y jamás miente.-
¾
…-
lo meditó un momento pero sin soltar a la niña, no quería arriesgarse. Finalmente dejó su rostro y arrastró el
cuerpo quejumbroso del hombre lobo hasta la puerta donde descansaba un hacha
que el mayor había traído consigo y dijo: -Acepto, pero si mientes…- acomodó el
cuerpo del lobo de modo que lo único que quedó afuera de la casa fuera su
cabeza colocando un pie sobre sus omóplatos y como acto seguido: tomó el hacha
entre sus manos, la alzó en el aire y en silbido; esta cortó de un tajo el
cuello del animal, devolviéndole la forma que alguna vez tuvo. –El cuerpo bajo
mi pie será el tuyo.-

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