martes, 17 de diciembre de 2013

Kain

El clima estaba especialmente frío aquella mañana de diciembre, aún no había abierto los ojos y ya estaba quejándose al pensar que en cualquier momento sonaría la alarma. No quería escuchar esa melodía tan conocida y bien podía levantase para desactivarla antes pero… la pereza podía más con él.
Muy a su pesar decidió que era mejor despertarse antes y llegar temprano al trabajo que quedarse holgazaneando y tener que soportar al cumulo de personas en la parada del bus. Su mano salió por el borde de la cobija, la cual le cubría el cuerpo completo incluyendo la cabeza, tanteando en donde se suponía debía estar su celular. Solo había libretas, lápices, cables y un suéter, todo dejado a consciencia pues había noches en las que sus “voces” -así las llamaba él-, no lo dejaban dormir. Tenía que escribirlo, sacar todo para que lo dejaran en paz y largarse a los brazos de Morfeo, pero lo que le interesaba no parecía estar ahí. Se destapó el rostro, abriendo lentamente los ojos para encontrarse con el gris blanquecino de su techo y la tenue luz que se filtraba por las persianas de su ventana, estaba por girar la cabeza cuando escuchó y sintió su celular bajo la almohada.

“¿Cómo llegó ahí?”

Pensó cuestionándose, pero era más que obvio que ahí lo había dejado en medio de la noche, tal vez vio la hora y no lo recordaba, o solo lo tomó entre sueños y lo guardó bajo la almohada. Tanto el sonambulismo como el olvido eran una respuesta válida, pero el estar pensando en tantas cosas desde temprano no era apropiado, su cabeza dolería, las ideas se amontonarían nuevamente y se harían fuertes, logrando así ahogar el exterior en un estallido de ruido silencioso y oscureciendo su visión con imágenes invisibles para otros. Detestaba su imaginación, odiaba con todo su ser no poder solo abrirse la cabeza y dejar todo salir, le producían terribles dolores y la mayoría del tiempo su entorno era mudo y lo único que escuchaba era lo que había dentro, casi como una tortura.

Respiró profundamente para levantarse de un salto, escuchando sus pisadas en un desesperante silencio impuesto, sus padres aun dormían y su hermana estaba arropada como siempre en la cama individual al lado de la propia, dejó el móvil sobre la almohada y fue a cambiarse escuchando como poco a poco su casa cobraba vida. El ruido del televisor, los pasos de su madre, la voz profunda de su padre, no le gustaba tanto ajetreo en la mañana pero lo veía necesario, además; era preferible al silencio, porque cuando todo está callado es cuando las ideas desbordan más caudalosamente. Desorientándolo.

Pronto estuvo listo para partir, solo faltaba tomar el desayuno y leer el periódico que su padre traía por las mañanas, su cabello estaba más largo que de costumbre, tenía que recortarlo antes de que escuchara el famoso “pareces una niña, siempre quise otra hija” de su madre.

Ella era una mujer alegre y ese día parecía estarlo todavía más, pero también se sentía un poco culpable pues justamente la abuela había fallecido hacia nueve meses, y se consolaba con la idea de que a su difunta madre no le gustaría verla triste. Todo fue tan simple y aburrido como lo esperaba, aunque cuando no planeara ir al trabajo ese día sus padres no lo notaban y lo agradeció infinitamente pues estaba lo bastante abrumado con sus ideas… hacía meses que pensaba en terminar con su vida, en abandonar todo y dejar un espacio vacío en la mesa que se llenaría con la visita de algún vecino que preguntara su nombre para dar el pésame, o una tía que no lo recordaba en su cumpleaños o graduación solo para que le viniera a la mente y fingiera tristeza por un ser que a duras penas se molestó en conocer, se sentía un cobarde e idiota y algo estúpido al tener esa clase de ideas que consideraba “triviales” en la cabeza, sin embargo, era la verdad.

Solía reírse de la gente con pensamientos así, jugar con ellos y demostrar lo listo que era, regocijarse en sus penas sin remordimiento alguno, amaba tomar sus manos y levantarlos para demostrarles que la vida valía tanto la pena…solo para hacerlas un infierno en la primera oportunidad que tuviera y hacerlos caer tan profundo como se lo permitieran.

Pfft, ¿De qué había servido todo aquello? Su Ego seguía siendo nulo, su amor por la vida se alimentaba de ver a otros llorar, la felicidad que pensó sentir no era más que la excitación de sentirse poderoso…y ahora que lo pensaba era demasiado patético depender de los demás como ellos dependían de él, se había llegado a creer el “rey del mundo” cuando no era nada más que un simple mendigo lamiendo los pies ajenos y mordiéndolos al primer descuido.

Si, esa era la mejor manera de describirlo.

Antes de darse cuenta ya estaba en la calle, sordo a los ruidos externos con la música de su reproductor, veía una masa de rostros que pasaban a su alrededor “¿Quiénes son aquellas personas? ¿Alguna vez hablé con ellas?” se preguntaba “¿Notarán que el chico de las mañanas ya no pasa?...Por supuesto que no.” Rió, volviendo sus castaños orbes al suelo, imaginando como las manchas blancas que el tiempo abandonaba sobre la acera se tornaban en nubes y lo levantaban por sobre los demás, el mundo perdía volumen, se movía bajo sus pies y cada paso que daba era una orden para que este girase a dónde quería, estaba entrando a su aislada realidad dónde lo cotidiano era caminar sobre manos nacientes del suelo, cruzar corriendo mares etéreos para desembocar al otro lado de un agujero negro que te cegaba al aterrizar sobre la superficie del sol, estos pensamientos siempre quedaron guardados en su cabeza, nunca nadie los sabría ni tenía intención de contarlos; no por egoísta, claro que no. Si no por miedo, incluso él podría tenerlo. Había hecho escasas menciones sobre estos lugares y solo había recibido miradas de desaprobación y algunos “vuelve a la tierra, ya estás grande para pensar en esas cosas” Así había aprendido a no tratar de explicarle a un idiota algo que no quiere entender y también a ‘sobrevivir’ bajo sus propias reglas.

Era tarde, muy tarde, detestaba no llegar a tiempo pero hoy era diferente, quería detenerse a mitad del camino y correr en dirección contraria, quería dar pasos pausados y disfrutar la fresca briza invernal, olvidarse del reloj y simplemente hacer lo que le entrara en gana, la sociedad podía meterse sus prejuicios por el culo porque a él ese día no le importaban.

Aunque muy a su pesar continuó el camino a su trabajo, hoy era día de paga, no valía la pena faltar este día en especial y por esos pensamientos llegaba a odiarse, aun cuando su imaginación tuviera ideas tan excéntricas siempre terminaba haciendo lo mismo, casi como si fuera una máquina diseñada para obedecer, le funcionaba en el día a día, pero por dentro esa era la principal razón de su búsqueda a la muerte. La fatal atracción que sentía por el dolor ajeno lo había retorcido de una manera un tanto extraña, en sus ideas de “Si quieres hacer algo a los demás, primero debes pasar por ello tu” lo habían llevado a cortarse, golpearse y atentar contra su vida solo por otros y cuando lo veía en retrospectiva notaba cuan poca razón tenía pues el gusto del dolor no lo habían ablandado ni dado coraje, inclusive alimentó su morbo haciéndolo buscar nuevas maneras de tortura al prójimo.

Cortes, golpes, asfixia, privación del sueño, inducción a la inanición, cansancio extremo. Todo lo había probado de primera mano, cualquier depravación que viniera a su mente la hacía realidad en cuanto podía, incluso había llegado al exhibicionismo, aunque no creía que pudiera tacharse como tal, quería algo nuevo, algo que lo hiciera salir de su rutina aunque fuera solo un poco…

Fue entonces que notó que había llegado a los riachuelos opuestos de un solo sentido, así les llamaba él a las carreteras pues cuando veía a los autos andar le parecían peces nadando río arriba, como los salmones en época de apareamiento, ya que se amontonaban igual en los altos y corrían tan rápido como podían al aparecer la luz amarilla, pero no todos eran salmones, algunos eran peces payaso, otros tiburones, también había algunas serpientes, ballenas e incluso había bichos perdidos entre todo aquel ajetreo de “aguas”

Había soportado patadas y golpes, se azotaba contra las paredes y hubo ocasiones en las que dejó que su cuerpo se desplomara contra el suelo, pero nunca había dejado que un Pez lo rosase siquiera, ¿Cuánto daño podía hacer un pez? Uno normal no haría nada, pero uno de aquellos mastodontes metálicos; mucho, tal vez demasiado. Su cuerpo podía quedar machacado, sus huesos rotos, su cabeza aturdida de por vida, incluso podrían llevarlo a la muerte, pero esta era preferible a su monotonía infinita.

Sus ojos se clavaron en las aletas -llantas- de los peces, veía lo rápido que se movían pensando en cómo rebotarían al tener abajo su cuerpo, tenía que humedecer sus labios a la imagen mental que se formaba, era encantadora, casi hipnótica, podía sentir en su cuerpo aquella gama de sensaciones mezclándose; Sus órganos aplastándose, los huesos astillados y partiéndose en dos, el caliente metal del cofre delantero dando contra la curva natural de su espina dorsal dejando en libertad un millar de choques eléctricos que lo llevarían a la inconsciencia… tuvo que morder su labio inferior y valerse de todo su autocontrol para que ese sentimiento no creciera, que el arrebato apasionado cesara y la seducción del doloroso placer de la muerte no cegara su juicio.

Pero se dio cuenta muy tarde que su cuerpo había decidido por sí solo que era lo que quería y que no.
La brecha de tiempo que trascurrió fueron los segundos más largos de su existencia, fácilmente diría que estuvo horas dando un simple paso a la tumba.
El pez que se acercaba a toda velocidad, era uno de color blanco, sus aletas se agitaban con furia y sus ojos brillaban a la luz del sol madrugador, intentó dar vuelta y rodear al joven suicida que se interpuso en su camino, pero este fue más rápido y volvió a interponerse en su ruta, aceptando el golpe en silencio, dejándose llevar por la fuerza del impacto hacia adelante, ¿o era atrás? Y dócilmente aflojó su cuerpo para que girase sobre el pavimento llenándolo de raspones y cortaduras, tierra y polvo, bañando su impecable playera gris y pantalones azulados en un polvoroso café brillante rojizo.
En esos momentos el mundo se detuvo.

Las personas dejaron su cotidiana labor para ver al joven inmóvil en medio de la carretera, el pobre escuchaba voces lejanas, gritos extraños como si estuvieran en otra lengua, sentía empujones que parecían patadas y cada esfuerzo era agotador, pero lo que más le asombró de todo fue que aún vivía, aun sentía las piernas, los brazos, la cabeza, todo lleno de un apuñalante dolor, pero los sentía.

Sonrió, probando la sangre que escurría entre sus labios, riendo suavemente para convertirlo en una carcajada. Las personas se alejaron y lo miraron con miedo, si, le temían, temían a un loco que había atentado contra su vida, a un muchacho adolorido que no podía levantarse del suelo, a alguien que en cada intento por apoyarse sobre sus brazos volvía a caer de bruces al pavimento.

-Tengo que hacerlo de nuevo… la próxima vez no fallaré.


Se prometió, olvidando el mundo a su alrededor, feliz de estar apoyado sobre el agua, rodeado de peces quietos que se amontonaban a su alrededor para mirarlo como a un trozo de comida, quería quedarse ahí y morir ahogado, quería ser la cena de esas bestias, pero lo que más deseaba era alimentarlos con trozos de comida que el mismo buscaría para ellos.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Escritor.

Y aquí estoy
Como muchos locos, cantando solo
Como cualquier genio, imaginando imposibles
Todo un extraño que habla con las manos
Aquí estoy
Viviendo encerrado en rincones inexplorados
Temido y temiendo a seres imaginarios
Compartiendo lágrimas en dolores de seres amados
Aquí estoy
Regalando mi pan a ricos desafortunados
Aceptando ofrendas de pobres virtuosos
Viviendo entre muertes de formas horribles
Durmiendo entre lugares rocosos y dolorosos
Y aquí estoy
Como muchos
Como pocos
Como cualquiera
Aquí estoy,
Viviendo la historia que nunca acabará
que aun después de mi muerte alguien más vivirá.

Recuerdo del ayer.

La tenue luz del amanecer se filtraba por la pequeña ventanilla de mi habitación, cegándome por un momento pues me había acostumbrado a la oscuridad, noté un destello a mi lado derecho. Era mi pequeña arracada de plata que reflejaba la mortecina luz amarillenta en un tono platinado brillante y, por un momento, fui consciente del hedor de mi habitación. No estaba sucia, el basurero al lado de mi cama, justo en la esquina, no estaba lleno…pero apestaba, o tal vez era yo, “¿Hace cuánto no me ducho?” me pregunté, “¿Hace cuánto no salgo de aquí? ¿Realmente estoy aquí?” Inquirí internamente, reflexionando sobre cómo había llegado a este punto.

Ayer…¿qué pasó ayer? Pasé todo el día en casa. No, salí…salí de compras, necesitaba algunas cosas, no recuerdo qué, sin embargo, eran necesarias, hice una lista, eso lo recuerdo bien pero, no sé qué estaba escribiendo en ella. Me encontré con alguien… no veo su rostro…en mis recuerdos solo es una masa deforme y difuminada, aun cuando pongo mi mayor esfuerzo en recordar, hasta el simple tono de la playera que traía puesta cambia conforme pienso.

La persona con la que hablaba se despidió de mí, dijo que le dio gusto verme y yo le sonreí y correspondí con un “A mí también”.

De haberme causado tanta dicha, probablemente me hubiera tomado la molestia de recordarlo.

Anhedonia

Tan solitario…¿por qué el mundo es solitario? Tan negro y amargo…

Me vestí de la primera máscara, una de seda,
Nadie podía verme, nadie podía reírse.
Estaba seguro y apacible.
Era “Feliz”.
Me vestí de la segunda máscara, una de lodo,
Nadie podría verme, nadie podía herirme.
Me había vuelto parte del ambiente.
Estaba “Tranquilo”
Pronto la tercera llegó, era de metal.
Nadie podría verme, nadie me ensordecía.
No podía hacer nada y con ello estaba bien.
Era “inútil”
Los dolores que vivían dentro no se atrevían a salir,
Por miedo a volverse insoportables, por temor a sentir,
Estaba seguro pero alguien acabó con mi confort.
Éramos tan parecidos, casi como dos gotas de agua,
El temía, yo también
No mentía, yo también.
Él callaba, yo también.
Creí que podríamos ser amigos,
Una relación estrecha y sin llegar más allá.
No como todos ellos que siempre buscaban “más”
Era asqueroso verlos a mis pies,
Solo me repugnaba que sucumbieran a mi tez
Pero lo arruinaste…como todos.
Y cuando te rechacé te negaste a aceptarlo.
Aquella terquedad que admiré se volvió un castigo
Y la insistencia me condujo a una aceptación ciega
Que no era mutua ni había amor
Pero eras feliz y lo considerabas un honor.
Cuando te diste cuenta, me odiaste.
No de la manera clásica,
No como debes odiar a alguien,
Seguiste a mi lado, engañándome
“te superé” me dijiste
Excavando en mí entre reproches
Acabándome en comparaciones
Me dijiste “yo no soy como tú”
Sin saber cuánto me lastimaba
Me reí diciendo “Tú no eres como yo”
Tras una envoltura de máscaras atizadas.
Para que entendiera esa superación de la que hablaste.
Trajiste contigo lo que más temía
Me devolviste mi malicia y crueldad
La enterraste en mi pecho cada vez más y más.
La reflejaste con todo y mentiras,
Deshebraste mi corazón
La fragilidad que ocultaba solo a ti te la mostré
¡¿Y te atreves a decir que no eres yo?!
No te había mentido
Solo una vez en obligación,
Y fue suficiente para que vieras Salir víboras de mi boca
¿Y de la tuya que sale, amigo mío?
¿Llegará el día en que no me recuerdes cuan malévolo soy?
¿Qué no me eches en cara mi solitaria condición?
Mis múltiples mascaras se fundieron
Y contigo las pude arrancar,
Pedazo por pedazo las quité
Al fin me pude liberar.
Tal vez ese fue tu cometido,
Exponerme y dejarme al mundo como aperitivo
Verías la escena de los millares de dientes hundiéndose en mi carne
Y reirías socarronamente disfrutando el cómo me dañen.
Era tu secreto, uno tan oculto…
Tan mordaz y cruel
Que ni tú lo sabes
Y actúas sin piedad ni consciencia de él.
Ahora, con la sonrisa quebrada
Con el rabo entre las patas
Intento tocarte con la mano que envolviste en espinas,
¿Duele?
¡Y es solo un roce!
Yo ya me he acostumbrado al dolor…



nota: La Anhedonia es la incapacidad e sentir placer, la pérdida de interés o satisfacción, en casi todas las actividades. es uno de los síntomas más claro de la depresión y también la esquizofrenia.

lunes, 18 de noviembre de 2013

Inútilmente.

Rumores. Amor. Sueño.

Mi ciudad es muy pequeña, quizá demasiado para el bien de los moradores, las pocas personas que aquí habitan se conocen entre sí, siempre están aburridos y la única diversión que les queda es inventar rumores los unos de los otros.

Pero con la poca gente las habladurías son tan rápidamente desechas como inventadas, cada uno tiende a cuidarse la espalda con recelo, algunos desconfían inclusive de su propia familia y la mía no es del todo diferente.

Mi madre amaba la atención, cada rumor acompañado de su nombre hacía de ella una “jovenzuela enamorada en primavera” o por lo menos así la describía papá, quien a diferencia de ella, detestaba las miradas desconfiadas y las palabras llenas de ponzoña.
Eso creaba severas disputas entre ellos, pues una “joven enamorada” necesitaba de un “joven que la cortejase” y así los rumores fueron inclinándose al amante ocasional de mi madre, que no era nadie más que un cúmulo de mentiras que iba tomando forma en la imaginación del prójimo, la actitud rejuvenecida y la radiante sonrisa eran detonantes perfectos para más de aquellas aventuras nocturnas, ella interpretaba tan bien su papel de esposa insatisfecha que incluso mi padre comenzaba a sospechar.

Una nueva familia de dos se mudó al pueblo, un hombre de unos 30 años y su hijo de mi misma edad. El hombre portaba un gran atractivo, a tal grado que las solteronas del lugar fueron a darle la bienvenida en cuanto estuvo instalado; cada una de ellas lo invitó a cenar terminando la frase con “su precioso hijo también puede venir” como si pudiera ser dejado de lado.
Las constantes negativas del hombre despertaron nuevamente esas lenguas sedientas, su sexualidad se veía cuestionada, el paradero de la madre se limitaba a un “está muerta”, lo vago de las habladurías se debía a que nadie se molestó en preguntar realmente en porqué estaban ahí, y lo que más sacudió al pequeño lugar fue la amistad que nació una calurosa tarde de verano entre aquel apuesto hombre y mi madre.
Se les había visto hablar mientras paseaban alegremente por el camino de salida del pueblo, uno que todos conocían pues era el único. Las sonrisas furtivas y los gestos amables de la mujer (mi madre) aunado al coqueteo espontaneo les hicieron ver (mas ciegos no podían estar) que ese hombre era el amante invisible. Todo cobraba sentido en las mentecillas maquiavélicas de las gatas celosas, por eso no aceptaba invitación, el hombre evadía temas que llevasen el amor a un nivel más allá de un ‘es bello’ porque su amante era una mujer prohibida, tenía dueño y él no podía reclamarla.

Esta nueva noticia no tardó en llegar a los oídos de mi padre, él, hecho una furia (como  cualquiera en su situación debía estarlo) le preguntó a gritos a mi madre que cómo podía ser tan malagradecida con él, yo podía escuchar todo perfectamente estando en mi cuarto en el piso superior, las noches siempre son tan tranquilas que los reclamos y gritos de otras viviendas podían filtrarse a través de las delgadas paredes de la casa, mucho más si venían del piso de abajo, pero lo que más me inquietaba era que, de pequeño, solía llorar cada vez que los escuchaba alzar la voz. Ahora apenas y me importa.


Los gritos terminaron con un estrepitoso ruido sordo, seguido de un traqueteo perturbador, escuchaba como varias cosas se movían y algunas con mayor sigilo que otras, el sonido de los pasos era similar al de las ratas atrapadas entre las paredes, las puertas parecían ventanas mecidas por el viento,  y los objetos que cambiaban de lugar eran más fantasmas de la noche, al fin había paz, era lo que me importaba…de ahí en más ellos podían hacer lo que quisieran.

Jamás me cruzó por la cabeza que de ahora en adelante las noches de insomnio, que continuamente intimidaron mi narcosis, se terminarían de un día para otro.







































Mal. Negro. Blanco.


“Dicen que la línea que divide el bien y el mal es muy delgada ¿Qué tanto? ¿Cuánto esfuerzo se necesita para romperla?”

Al día siguiente me encontré con mi padre en el desayunador, me había quedado dormido e iba tarde a la escuela, pero él no parecía enojado, en realidad se veía más tranquilo que de costumbre. Lo miré mientras bebía su café y hojeaba el periódico, parecía no notarme pero al mismo tiempo sabía que estaba ahí.

-Mamá no me despertó hoy.
-Ya eres grande, aprende a despertarte por ti mismo.
-Pero yo no tengo alarma.
-Te daré la de tu madre.
-¿y ella?
-Nos dejó, anoche después de la discusión tomó las llaves de su auto y se fue del pueblo.
-Ah…

No quise preguntar más, bastó con comer una tostada y salir a toda prisa para que no me regañara, me daba la sensación de que si me quedaba en casa, él estallaría en cualquier momento.

Las cigarras empezaron su canto desde temprano y el seco camino de tierra levantaba su polvo como una sábana de niebla; había un poco de viento que hacia soportable el calor, pero no lo suficiente como para ir con ánimos a la escuela, la cual quedaba a poco más de medio kilómetro de la salida del pueblo. Solía ir en bicicleta pero debido al doblez en la llanta delantera durante un choque y a no poder repararla solo me restaba ir caminando pues por la mañana no pasaba el autobús.

Un rumor a mis espaldas me dio calosfríos, era el rugir de un auto, nada que no hubiera oído antes, solo que este era un tanto especial, uno elegante, lujoso, de color negro que reflejaba mi cuerpo en la pintura. Dentro iban ese hombre nuevo y su hijo, pude distinguir en los fugases segundos que estuvieron a mi lado que traía el mismo uniforme que yo, ah, ya podía verme en la escuela, sentado en medio del salón con todos los alumnos amontonados en la puerta solo para ver al chico nuevo pasar, cruzar un par de palabras con él, saber de dónde vino, a dónde irá, qué busca aquí, porqué está aquí… No, solo yo preguntaría semejantes tonterías.

En el salón nadie parecía notarlo, solo yo, él estaba sentado en el 5to lugar en la 1ra fila, yo estaba en el 3ro de la 3ra fila, justo en la mitad del aula…pero aun con un cuadro perfecto cubriéndome, sentía su presencia, su mirada, escuchaba su respiración, incluso el simple movimiento de su lápiz sobre el papel era como un martilleo en mis oídos, no era por el silencio, tampoco por ignorar a los demás, era él y simplemente él, él lo estaba haciendo, su pestañeo parecía acariciar mi nuca y su aliento susurraba en mi oído, me obligaba a encogerme, querer desaparecer. Rogaba por el chillar de la campana, que la estampida de pasos hacia el pasillo se lo llevaran, quería que el fuera uno de ellos, que saliera corriendo con una sonrisa en los labios para conversar en el patio, librándose así de los ojos de los maestros. Sin embargo, después de que todos se fueran él continuó en su sitio, observándome como el cuervo al hombre torturado, en mi mente podía escuchar ese “nunca más” que alguna vez leí, aunque esto no era un cuento de horror era muy similar.

Los segundos se volvían minutos pero en mi cabeza parecían horas, mi cuerpo encogido en el centro sentía el costado izquierdo caliente por la luz del sol, y el derecho tan frío por la presencia de ese extraño, la asfixia mental estaba cortando mi respiración y la realidad se miraba las lúgubre, aun el brillo del astro rey sucumbía a la presencia amenazante, moría por voltear pero al mismo tiempo deseaba echarme a correr lejos, sentía que lo que vería sería espantoso pero el morbo estaba inquietando. “¡Basta ya! ¡Detenlo!” gritaba en mi mente con la esperanza de que pudiera escucharme.

Si él no cedía, entonces yo me rendiría…aquí está tu premio, veme ponerme de pie y salir del salón, regocíjate con mi figura desapareciendo por la puerta hasta el fondo del pasillo, ríete cuando suba las escaleras de madera vieja a la azotea y sécate la lágrima de felicidad que escapó en tu carcajada cuando me siente al lado de la puerta superior ¿estás satisfecho? Por primera vez renuncio a mi comodidad por alguien que no conozco, alguien que me atemoriza sin cruzar palabras conmigo o mirarme siquiera…

El cielo azul del verano nunca me había parecido más gris, él me había sacado de mi confort y había perturbado mi mundo sin saberlo siquiera ¿quién era él y porqué sentía este extraño odio? ¿Era bueno querer estrangularlo?... ¿era malo querer encerrarlo en una caja solo para examinarlo? Ni siquiera podía pararme para ir a comprar mi almuerzo, estaba molesto y lleno de frustración, las piernas me temblaban, no entendía como todo se había hecho tan espantoso.

-¿Por qué te fuiste?

Nunca había escuchado esa voz, venía de mi costado izquierdo y con temor levanté la cabeza, era él, la causa de mi perdición y mi suplicio actual estaba de pie en el marco de la puerta con esta abierta, no la había escuchado, tampoco sus pasos ¿Cuándo se volvió tan silencioso? Su respiración parecía ya no existir, incluso su presencia había disminuido, era más tranquilo, sus ojos me miraban desde arriba, no había notado ese color azul claro, podía comprarlo con el cielo sin temor a equivocarme, y sus cabellos que caían frente a estos eran tan negros como el oscuro cielo en luna nueva, era como si el día y la noche se fusionaran en algún punto coexistiendo en paz en un solo ser, sus largas pestañas reverenciaban en cada parpadeo, me sentía pequeño, el deseo de destruir aquella inhumana perfección crecía a cada momento, ahora mas que nunca lo odiaba.

-¿Por qué te fuiste?

Repitió, obligándome a salir de mi trance como si me hubiera dado un orden.

-Porque tú estabas ahí…
-¿Te molesto?
-…Si, un poco.
-Volveré por ti. ¿Lo sabes, verdad?
Y sin decir más dio la vuelta para irse, no quise detenerlo pero tenía la sensación de que algo había cambiado. Al volver al salón él había desaparecido, no de manera corpórea, él seguía sentado en su lugar pero… su presencia, aquella que me había atormentado durante toda la mañana se había ido, ahora era otro más. Su mirada se resbalaba de mí, su lápiz era sordo y la única prueba de que respiraba era el movimiento acompasado de su pecho, ya no le temía, ahora todo volvía a la normalidad, las clases eran tediosas y mi mundo era como se suponía debía ser, incluso me llegó una nota en un dobladillo, no vi quien la arrojó y cuando giré nadie buscó mi atención, igual no era nada nuevo, repetidas veces me llegaban algunas de estas cuando alguien tenía una duda o buscaba una respuesta sin los enredos del maestro, solo que esta vez no había una pregunta.

“Eres un perfecto blanco”

Era obvio de quien era porque jamás había visto semejante letra, tan elegante y perfecta…

Tan odiosa.































Fatiga. Insectos. Miedo.

El camino a casa se volvió un paseo entre pensamientos, no dejaba de repasar aquella nota en mi cabeza y los posibles significados...no veía ninguno.

"Eres un perfecto Blanco"

¿Qué quería decir con eso? mi apariencia es de lo más común, mi personalidad es solo un punto después de la palabra final, o quizá él solo buscaba una nueva manera de molestarme, ahora que lo había enfrentado su presencia no me atormentaba, al notarlo el decidió buscar una nueva manera de fastidiarme, sí, eso debía ser...

Cuando llegué a casa mi padre no estaba, fui directo a mi habitación sin revisar más allá de lo que abarcaba mi campo visual al entrar o de mi entrenado oído, que solo encontraba silencio; era fácil saber cuándo había alguien y cuando no, incluso mis propios pasos sonaban como tambores al subir las escaleras, el rechinar de los tablones y el golpeteo hacían del hueco una caja de resonancia improvisada dejando un “tap” a mis espaldas; cruzaba el pasillo superior cuando escuché un leve rumor.

-Ya llegó…

Me dije, bajando nuevamente por obligación a saludarlo, pero cuando llegué a la planta baja no había nadie.

-¿Papá?

En el momento en que el eco de mis palabras se apagó, lo oí nuevamente. Seguí aquel murmullo por momentos, pues se pausaba y volvía a mis oídos, hasta llegué a creer que era un ladrón, pero esa idea se fue tan rápido como llegó, en Wuzecovin nunca se ha visto tal cosa.

El sonido se hacía más fuerte, y mi vista, en lugar de centrarse en la sala, continuó su recorrido a la cocina en la cual me encontré, buscando en todos los lugares posibles hasta que me di cuenta…un extraño aroma provenía del sótano, era entre podrido y sucio, como un pedazo de carne echado a perder cubierto en polvo.

Aún no llegaba mi padre, podía escuchar el silencio pero siempre atento a cualquier movimiento, me atreví a bajar con sumo cuidado, como una rata en sus robos nocturnos; en ocasiones así me sentía; como un extraño en mi propia casa, y no entendía mi propia cautela aun cuando el hedor seguramente era un animal que vino a morir a nuestra casa, algo como un conejo o un tejón mal herido. La luz no servía, pero un haz ocasional que se asomaba por la rejilla de la ventana de piso me bastaba para ver escasamente; mi mente me jugaba bromas, veía las sombras moverse, el polvo danzar en el aire un vals eterno, podía escuchar el revoloteo de las polillas y, conforme avanzaba, el hedor parecía golpearme despiadadamente en la cara…tan insoportable.

El piso tenía un manto de oscuridad móvil que no cedía a la luz, pero había un bulto especialmente grande que atraía la atención de los insectos, el zumbido penetraba mis tímpanos, y juraba que el bulto palpitaba, era un grito, un alarido de dolor puro y desgarrador, mis dientes rechinaron con fuerza en una búsqueda por opacar el suplicio del ronroneo, titubeante, me aproximé pausadamente para tocar algo que prometía ser plástico, enseguida los insectos se dispersaron dejando un caos, sentí la superficie…era fría, rígida y la capa plástica contenía algo viscoso. Al tirar de la bolsa el paquete entero se movió, mis dedos se hundieron en el plástico negro, dejando escapar desde adentro un líquido espeso que me asqueó, no pude soportarlo más y salí corriendo, golpeándome con el pecho de mi padre  justo al subir las escaleras, quise decirle lo que vi pero mi voz no salió al ver su mirada, estaba llena de cólera y me apartó de golpe, me dijo a gritos que me fuera y yo dócilmente. Asustado. Temblando. Obedecí.

Me encerré en mi habitación, aun con la mano manchada, y recargado contra la puerta  con las piernas temblando sin fuerza resbalé al suelo, veía la ventana pero no encontraba luz, solo recordaba los insectos, la nube que todos ellos hacían alrededor de esa cosa, de aquel objeto… ¿qué era? Intenté ver mi mano pero mi cuerpo no me respondió, estaba cansado, eran demasiadas emociones en un solo día, y sin saber en qué momento: me dormí.































Sueño. Invierno. Yo.

En medio de una habitación, una tenue iluminación proveniente de una vela en ninguna parte me marcaba el camino; en el suelo se dibujaban unos rostros irreconocibles, pero que estaba seguro de haber visto antes. Una niña me sonreía, un joven se burlaba de mí, una anciana me miraba desaprobatoriamente y una mujer madura no parecía tener interés alguno en estar ahí, un hombre más adelante me miraba severo y uno mayor parecía triste, conforme avanzaba iban cambiando y yo no podía apartar mi vista de ellos, no tenían coherencia pero eso no me abrumó.

La luz creció abarcando solo un círculo perfecto en el cual se reunieron las 6 caras a mi alrededor, yo me había convertido en el centro y sin decir nada, todos me miraron fijamente; Una mujer con capucha blanca se abrió paso detrás de ellos y el cálido ambiente se oscureció, ahora solo estábamos ella y yo en un vacío total.

En un principio el lugar tenía un medio tibio, pero a la llegada de aquella dama un inexplicable frío recorrió mi espina, le temía, pero al mismo tiempo quería ser más cercano a ella; escuchaba un llanto de melancolía y los cabellos de la mujer salían por los bordes de su capucha, eran castaños, oscuros y ondulados, como los de mi madre; sus manos se asomaron por los bordes de sus mangas, eran huesudas y pálidas, pero con uñas largas y de un intenso rojo, el color que ella llevaba la última vez que la vi.

Lentamente, la encapuchada levantó su mirada que había mantenido en el suelo y me miró, mis ojos se cristalizaron, me petrifiqué cuando la vi con el brillo que parecía emanar su cuerpo, era ella…mi madre. Estaba triste y lloraba con dolor, temblaba, su cuerpo entero tiritaba como el de una anciana que no podía mantenerse en pie, se veía acabada, no era más aquella mujer vivaz que conocí.

Su cuerpo entero parecía más un esqueleto envuelto en papel, sus labios susurraban mi nombre y cuando intentó dar un paso hacia mí, se desplomó, su cuerpo estaba hecho polvo, la capucha la aplastó y llenó el suelo con un blanco brillante, mis piernas ya no podían sostenerme y caí igual, se sentía frío.

-¿Ni-nieve...?-

Sostuve un poco en mi mano, mirándola fijamente como si esperase que se derritiese,  pero un copo cayó sobre el pequeño montón; levanté la vista a un cielo nocturno de nubes grises, de alguna manera había llegado al exterior, descansaba frente a un cementerio en el que solo había una tumba y frente a esta estaba yo, hincado, llorando.

Me había convertido en un espectador.

Un árbol desnudo era mi sombrilla en la nevada y entre sus ramas, la nieve se amontonaba y cedía a su propio peso, aun cuando colisionaba con mi cuerpo no me movía, continuaba mirándome hasta que la oscuridad que permanecía al fondo me consumió. La nieve en mis hombros comenzó a derretirse y el agua descendió en finos hilos hasta mi mano, misma que levanté frente a mi rostro. Era sangre, sangre seca y hedionda.





















Luz. Fin. Vacío.

Desperté de golpe y con la respiración agitada, mi mano estaba limpia y pude escuchar un auto arrancar. Una miríada de voces resonaba en mi cabeza, legué a creer que mi padre había hecho un escándalo en todo el pueblo, pero al mirar por la ventana me di cuenta de que no fue así, no estaba nadie.

Bajé para terminar con lo antes iniciado pero el sótano estaba limpio, el hedor se había ido y la casa estaba en perfectas condiciones, como si nada hubiera pasado. Salí sin encontrar a nadie, ni las mujeres de siempre, o los vendedores de tarde, siquiera estaban los niños jugando… nadie.

-Al fin llegas.

Ah, esa voz me estremeció, no deseaba verlo, pero era el único cerca. Mi némesis.

-¿Dónde está todo el mundo?
-Tú eres todo el mundo.
-Deja de jugar…
-No lo hago, por ahora tú eres el único aquí.
-¿Y tú qué? ¿Ahora me dirás que eres una alucinación o algo así?
-Yo realmente no importo, solo he venido por ti, de aquí en adelante estás solo.
-¿Por mí? ¿De qué hablas?
-Hasta pronto.
-Hey, ¡Espera!



Levantó la mano y así como llegó, desapareció…¿Qué quería decir con eso? ¿Y dónde demonios se había metido toda la gente? No importó cuantas horas anduve recorriendo el pueblo no encontré a nadie, el sol jamás se metió y la calle no llegaba a su fin; no respondían a mi llamado, tampoco escuchaba nada que no fuera el eco de mi voz al gritar “¿Hola?” Estaba completamente solo. ¿Es esto lo que llaman el infierno propio?

martes, 3 de septiembre de 2013

Star Dust

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar del universo, vivió un joven viajero que dedicaba sus días enteros a la búsqueda  de la felicidad.

Había navegado los mares en inmensos botes, visitado cada continente llevado a caballo, bicicleta y auto; incluso surcado los cielos en aeroplanos y aviones, pero aun con sus esfuerzos seguía sin encontrar lo que se conoce como “alegría”.

Pese a haber tenido aventuras indescriptibles y travesías maravillosas no se sentía satisfecho, estaba inquieto y desesperado, creía que había algo o alguien allá afuera esperando por él pero… ¿dónde? Después de visitar sin falta cada país, de investigar hasta el fondo entre su gente, de aprender sus idiomas y costumbres no había encontrado nada.

Creyó que cuando ese “algo” o “alguien” apareciera, lo sabía reconocer inmediatamente, aun así; sus días eran cada vez más largos, sus pasos pesados y su vista cansada, a donde quiera que veía encontraba sonrisas y diversión…estaba feliz por ellos, se sentía bien saber que alguien más estaba disfrutando lo que él no tenía, pero quería ser egoísta y disfrutar también.

Fatigado por su infructuosa búsqueda se recostó en el suelo, justo ahí dónde estaba ahora, la música de fondo era la de un concierto, una orquesta tocaba bajo el techo de un biombo en el centro del parque por el que paseaba, y se dio cuenta de que sus suspiros nunca habían sido tan profundos y melancólicos.  Cerró los ojos escuchando la suave melodía que llegaba a sus oídos, la conocía…la letra aún estaba grabada en su cabeza… “¿Presientes al creador, mundo? ¡Buscadle sobre el cielo estrellado! Sobre estrellas debe vivir.” ¡Ah~! ¡Cuánta razón había tenido Friedrich Schiller al escribir aquello!

Si no podía encontrar lo que buscaba en la tierra, debía estar fuera de ella.

Sus ojos se fijaron en el inmenso cielo en el que, por primera vez en mucho tiempo, la curiosidad volvió a nacer en su interior, había miles y millones de kilómetros que no había visto, solo conocía la superficie a tientas, pero jamás se había sumergido en ella. Las estrellas eran hermosas, sus brillos propios iluminaban la noche como pequeñas luces titilantes en un árbol de navidad, en este nuevo aliento de vida que hurgaba en su pecho y aceleraba el ritmo acompasado de su corazón, dio un salto para ponerse de pie y sonreír como no lo había vuelto a hacer hacía ya mucho tiempo atrás.

Construiría un cohete, uno de los más resistentes y partiría en un viaje hacia el espacio, allá dónde no existía el fin, donde la tierra no era más que un pequeño chícharo y el solo una partícula de polvo perdida. ¡Pero que excitante era pensar en las aventuras que le esperaban!  Él jamás hubiera imaginado ni en sus más locos sueños que dentro de aquel manto estelar, en una de aquel billón de estrellas encontraría el amor.

Pasaron una, dos, tres semanas y el continuaba juntando el metal con el que construiría su cohete, era cansado, estaba exhausto, pero cada que sus ojos volvían al cielo una fuerza nacía de lo más profundo de su corazón. Había algo allí arriba que lo llamaba. “Ahí está, es mi felicidad. Sin duda alguna.” se dijo poniendo manos a la obra. Para las personas el ya no era nada más que un excéntrico que quería continuar con sus aventuras, por ello nadie intentó detenerlo, había quienes se burlaban de él, otros que se prestaban a ayudarlo pero siempre rechazaba la oferta, si alguien debía hacer ese cohete era él mismo, era su viaje, era su felicidad, era lo que solo él podía sentir y solo él sabía la importancia de todo esto.

Al cabo de unas semanas estuvo listo, se felicitó a sí mismo por el gran trabajo pero aún faltaba algo, aun si podía partir ¿Cuál sería su rumbo?

Las brújulas no servían allá, y cada estrella sería igual a  la anterior, no podía salir del cohete para marcar su camino y como aderezo, allá arriba todo estaba en constante movimiento. Por un momento cayó deprimido, pensó en que sus esfuerzos habían sido en vano y esto había sido solo un juego del destino, una ilusión hecha para que no se quejara…pero no, ahora se estaba quejando y quería su tiempo de vuelta.
“Hermosas, blancas y brillantes damas, ¿por qué un hombre que solo busca sonreír sinceramente tiene que pasar por esto?” les preguntó a las estrellas y ninguna respondió…

”Quizá si me volví loco” suspiró con tristeza sintiendo como sus ojos se llenaban de agua.

No solía llorar fácilmente, había encarado un león en áfrica, tocado a un tiburón en el medio del mar, incluso había acariciado la cabeza de un oso negro y sin titubear, pero ahora que era ignorado por los mudos astros el vacío en su corazón estrujaba sus sentimientos.

Había una estrella que brillaba más intensamente que las demás, resaltaba por su resplandor pero el viajero nunca pensó en dirigirse exclusivamente a ella, ahora que la veía con tal belleza tan imponente le sonrió.
“ ¿Crees que debería ir arriba, en tu búsqueda?” le preguntó, no esperaba respuesta  pero algo en su interior murmuró un ‘Si’
“¿Me estarás esperando? ¿No te moverás de ahí hasta que vaya por ti?”
De alguna manera nuevamente la estrella aceptó su petición, él sabía que ella era sincera, que aguardaría a su llegada y lo recibiría entre sus brazos cálidamente. Porque si, la calidez no era exclusiva de los humanos, también las estrellas podían tenerla.

El viajero partió inmediatamente, la travesía larga y laboriosa no le importaba, estaba cumpliendo su sueño y pese a los comentarios deprimentes que muchos le dieron antes de partir él estaba decidido en llegar hasta la estrella, la tierra se volvía más pequeña cada vez que viraba la vista, y el espacio parecía fundirse entre sus dedos y de cierta forma sabía que este era el único lugar al que pertenecía.

Cada estrella que pasaba le daba la promesa de encontrarse con su enana blanca, no le había puesto nombre así que no sabía cómo llamarla, aunque eso no le impedía soñar con ella, pensarla y acompañar sus imaginaciones con una enorme y brillante sonrisa. Aun si no podía alcanzarla, si la vida se le iba en el trayecto él moriría feliz.

Por primera vez en su vida se sentía pleno,  lleno de un sentimiento indescriptible que no podía comprarse con ningún otro, si hubiera podido llorar lo hubiera hecho, pero en el espacio era imposible.

Habían pasado años desde que partió de la tierra y su amada estrella no se veía ni un poco cerca, podía verla y por suerte no la había perdido de vista en ningún momento, quizá ella misma lo guiaba…si era así no la defraudaría, llegaría hasta ella.

Un mañana, o lo que era una mañana para él, abrió los ojos y un resplandor cegador le dio los buenos días, tardó un poco, casi nada en acostumbrarse y se maravilló con la dueña de semejante luz.

Había llegado, le tomó su tiempo pero por fin estaba a solo unos cuantos metros de su amada, debía salir en su encuentro pero siendo el espacio un lugar tan peligroso para alguien como él no se atrevía…

Mas se arrepentiría en el futuro si volvía y no prodía siquiera mirar a su amada claramente.

Armándose de valor corrió la puerta de su nave sintiendo un frío inmenso y un aire que lo arrastraba, la estrella volteó hacia el movimiento extraño y se asombró de ver a un ser tan extraño, algo que en el espacio, siendo tan inmenso y perdido, era sumamente raro. Él le sonrió. Ella le devolvió el gesto y con curiosidad se acercó.

Él estaba feliz, inmensamente feliz, por primera vez sentía eso que todos los demás decían tener y que él parecía haber perdido, no podía respirar, la cabeza le daba vueltas y no podía estar más alegre.

Estaban por tocarse pero la estrella era demasiado brillante, él no podía verla claramente y el frío había dado paso a un inmenso calor, pese a ello con decisión ignoró lo que no era el rostro  de aquella hermosa estrella y su cuerpo fue guiado por los hilos invisibles del deseo de estar junto a ella.

Cada centímetro avanzado, cada milímetro cercano era un desastre en su ser, su cuerpo no estaba hecho para estar allá arriba y poco a poco, en lugar de tocarla fue haciéndose polvo, un polvo que quedó atrapado en la órbita de la estrella. Ella tampoco podía tocarlo, pero continuaba admirándolo mientras giraba a su alrededor, ella era feliz con él, y él seguía sonriendo en su recuerdo.


De la nave no se supo más, pero hasta ahora el cuerpo de aquel hombre enamorado continúa admirando a su amada en las alturas, y ella lo abraza en su magnetismo sintiéndose acompañada. 

Un sueño de muerte.

He soñado con mi muerte,
una de esas prematuras
que resguardan la belleza,
que mantienen el alma pura.
Fue mañana, al amanecer
mis ojos se perdieron,
y mi ensueño también.
Entre tus palabras escuché mi nombre
aunque no me llamabas
pediste mi vida eterna
pero yo no busco nada.
mi cuerpo en putrefacción,
mi consciencia soñando
una existencia perdida

como cualquier otra volando.

viernes, 12 de julio de 2013

Late One Night

Como de costumbre, yo dormía desnudo en mi cama. Mi casa solitaria me permitía darme ese lujo. Ya entrada la madrugada fue cuando escuché unos pasos, nunca he sido creyente de los fantasmas, por lo que no me fue difícil deducir que era un vil ladronzuelo. Lo raro de aquello es que yo no poseía nada de valor. Me hice de un bóxer y un pantalón puesto estratégicamente en mi cajón para un rápido alcance, nunca se sabe cuándo ocurrirá un accidente y una imagen mía, desnudo, en la calle…no.

Por desgracia, los pasos se escuchaban cada vez más cerca, dejé una almohada en mi lugar y me arrastré fuera de la cama, me oculté tras la puerta de mi habitación, listo para que se abriera y cuando el hombre entró yo salí, pude ver un poco de su vestimenta, una sudadera encapuchada negra con una máscara blanca, clásica de los asesino de película. ¿Un imitador, quizá? ¿Qué hacía en mi casa? No recordaba haber visto nada comprometedor, mucho menos haber molestado a un loco en la calle. Presumo de no tener enemigos, ni tampoco había visto algo en televisión….

Salí con gran sigilo, entrando a la primera habitación que vi, era el cuarto de limpieza. 

Escuché al intruso gritar algo incomprensible mientras me ponía el pantalón ¿estaba loco? Eso parecía; volví a escuchar sus pasos, golpee la puerta del armario lo suficientemente fuerte para que lo oyera, pero no tanto para que creyese que era intencional. Me quedé en cuclillas, con la diestra levantada a la altura del hombro, empequeñecida y con la base de la muñeca por delante. La zurda yacía a mi lado, suelta, pero lista para mis órdenes.

El hombre abrió la puerta, salté sobre él y le rompí la nariz, atacando su barbilla en un remate que lo hizo caer de lleno al suelo; tomé su muñeca y la mordí, arrebatándole el cuchillo cuando intentó defenderse

Coloqué el arma sobre su pecho y hundí la punta en su piel, escuché como jadeaba, tosía, se ahogaba con la sangre que se Resbalaba por los costados de la máscara.

Escuché un leve gemido. “Sorpresa” murmuró, en el momento no entendí, pero todo cobró sentido cuando le quité esa ridícula máscara blanca….lo conocía, era Matt, un amigo de siempre, le encantaba hacer bromas pesadas y jugar con los temores de la gente…

Aquello no dio para más, la familia de mi amigo Matt me guardó rencor,  en el juzgado mi abogado los convenció de ser defensa legítima, y los amigos que me quedaban se alejaron de mí. No le vi lo malo, pero mi psicólogo tenía una opinión diferente, al parecer el que me preguntara ciertas cosas estaba fuera de lo que era el sentido común. Yo, quien siempre se había mofado de tener suficiente intelecto para distinguir lo que está bien de lo que está mal ahora era el enfermo mental, él que sabe, se educó en libros…pero…de haber sido aquello una situación real ¿habría tenido tanta suerte? Es decir, el jamás pensó en matarme, si hubiera ido en serio ¿el muerto…sería yo? 

sábado, 11 de mayo de 2013

Rotten Love ♥


No importa cuánto te escondas, cuanto huyas…siempre volverás a mí, porque me amas y yo te amo, estamos conectados ¿sabes? No puedes replicar…no puedes, porque sabes que es verdad, ¿Qué tiene que ver que te haya arrancado la lengua, amor? Tus ojos hablan por sí solos, ese hermoso azul, un azul suave y cremoso, es delicioso, apuesto a que lo es, quiero probarlos pero aun debo esperar.

Tu cuerpo destila hasta la última gota de tu sangre, tus hermosos brazos marcados por los músculos que amo lucen tan bien, tu pecho fuerte y vientre….quiero morderlos ¿y por qué no? Siempre te han gustado mis dientes en tu piel. Mis dedos recorriendo tus piernas que te erizan, ah, no puedo evitar agachar la mirada para no ver tu tobillo perforado, es lo único que te arruina después de tu cuello abierto; tu tuviste la culpa, quisiste dejarme y acordamos estar juntos para siempre. Me siento frente a tu cabeza, posada como un busto sobre mi plato, a tus lados están mis cubiertos, “gracias por acompañarme en esta cena”  murmuro mientras beso tus labios canosos, tan deliciosos y ahora con ese toque metálico de la sangre que me provoca morderlos hasta arrancar tu carne, sabes tan bien…tan bien. He enloquecido, me tienes tan enamorada de ti, simplemente no puedo conmigo.

Mis manos se aferrar a tus delicadas mejillas alguna vez teñidas en rubor y vergüenza, pero ahora solo son pálidas y frías, estoicas y mías…¿Cuánto más puedo besarte en busca de tu lengua aun si sé que no me la voy a topar? ¿Cuánto llevo ya? Te amo, eso es lo que pasa con los enamorados, se buscan el uno al otro hasta encontrarse. Relamo con recelo tus labios, los succiono cuidando de no dejar una sola gota de sangre olvidada, no puedo esperar, el hambre me mata y tú, mi querido, eres el platillo principal.

Tus dulces ojos como caramelos, tu carne suave como algodón, eres lo que más amo.


No importa cuando coma de ti, si tu cara o tu cuerpo, nunca, nunca me será suficiente ¿Qué más puedo comer? Desde adentro hacia afuera y de regreso a tu interior, te amo, amo tu sabor, tu textura, el aroma que despides al fuego, incluso crudo eres de lo mejor, quisiera que durara para siempre mi festín, tu amor. Querido, moleré tus huesos y haré pan, decoraré con tu espesa sangre y remataré con tu globo ocular, no desperdiciaré nada, ni un diente. Seremos uno, estaremos juntos para siempre, es la mayor prueba de amor que puedes darme y la que yo te daré, acabé contigo y tú conmigo, este acto nuestro es la mayor muestra de verdadera pasión.

jueves, 21 de marzo de 2013

Little Black Riding Wood (Alice Schwarz)


Little Black Riding Hood
En lo profundo del bosque, allá dónde la luz deja de brillar; había una cabaña perdida y alejada del pueblo. Nadie había sido tan valiente para atreverse a cruzar las paredes de sombras que se formaban alrededor de una espesa arboleda cuando el profundo camino hacia la casita empezaba. Pero la tentación y curiosidad de las personas es grade, tanto que incluso había leyendas sobre grandes riquezas las cuales no se acabarían en una vida, diosas hermosas que esperaban esposos a los cuales consentir y ciudadelas ricas en alimento y oro en las que los sueños eran cumplidos.  Y como en toda leyenda o mito había peligros, míticos monstruos que se decía; disparaban extrañas municiones inagotables con ambas manos desnudas desde sus palmas y ogros feroces que eran capaces de arrancarte la cabeza solo con un suave golpe, estás criaturas hacían palidecer al mas valiente y feroz de los guerreros. También se decía que si dabas un sacrificio humanos tu mas grande deseo se concedería y la gente en su ignorancia y miedo bien se lo creía, pues nadie nunca que hubiera entrado ahí como sacrificio o curioso había salido con vida, a excepción de un joven y desafortunado cazador que había sido engatusado con promesas de matrimonio. Le habían pedido que mostrara su amor con alguno de los muchos cofres llenos de oro que se decía: había al otro lado del oscuro túnel, decidido a desposar a la hermosa hija de un mercader aceptó, sin imaginarse lo que ocurriría…los días pasaron y se convirtieron en semanas, la semanas en meses regresó, lo dieron por muerto al tercer mes eh incluso arreglaron un funeral pequeño que se propusieron celebrar hasta que regresó. Sus ropas estaban sucias y roídas, sus ojos que alguna vez tuvieron un hermoso color oscuro verde aceituna ahora eran grises, de un gris fantasmal casi tan brillante como los rayos de luna, y sus cabellos castaños se habían oscurecido en un rojo profundo hasta parecer casi sangre, la imagen había horrorizado a todos en el pueblo cuando lo encontraron, además ¡se había vuelto loco!, hablaba disparates sobre una mujer de indescriptible belleza que tenía los ojos tan rojos como rubíes y el cabello tan oscuro como los confines de la mas terrible pesadilla que se había apiadado de él a cambio de que advirtiera al pueblo de no enviar mas sacrificios, se había convertido en su mensajero y por ello estaba maldito.

“Está loco”

“Como una cabra”

 Se decían ellos mismos para no perder la poca fe que les quedaba, ignorando las advertencias del joven que echaron de nuevo al bosque con sus trastes para que no les atrajera la mala suerte.

Pero mientras que en el pueblo las supersticiones y malos augurios tenían a los aldeanos con los rezos al cielo, en aquella cabaña una hermosa niña era consentida por su padre a quien incontables veces habían llamado ogro por esa mirada fiera que tenía y su alta estatura, su cuerpo fornido pero no en demasía lo hacía ver mas ancho, sus ojos brillantes y rojos parecían iluminarse en la oscuridad y los negros cabellos que caían sobre su rostro daba un aspecto que, a mitad de la noche, bien podía causarle un susto de muerte a cualquiera que se lo cruzara, pero para la pequeña niña era el hombre mas amable del mundo, ella era muy similar a él, compartía el color de sus ojos y la tonalidad de su cabello al igual que el blanco de su piel, solo que con largos cabellos que caían como cascadas por sus hombros y sus ojos tenían un toque felino que le daba cierto encanto juvenil a su ya de por si tierna cara, su nombre era Alice.

La madre de Alice y esposa de Begleiter, quien era su padre, había sido atacada por una horrible enfermedad en medio del invierno pasado y la mujer desvalida, con pena y lagrimas en la cara les había pedido que la dejasen, temía contagiarlos de tan terrible suplicio, aseguraba sentir como su cuerpo era consumido cada noche cuando intentaba conciliar el sueño y la palidez de su piel en conjunto con el rojo de sus labios obra de la sangre que tosía hacía llorar a su pequeña hija, ninguna madre deseaba ver a sus hijos llenos de miedo, y lo que menos quería era que la viera morir pues estaba segura que no llegaría al próximo otoño…

Le rogó a su esposo que se la llevara, que fuera a vivir con su hermano, un viejo cazador de zorros, al otro lado del bosque, aquél hombre de nombre Balchder  adoraba a Alice y siempre se había mostrado consentidor con ella, seguro estaría mas que feliz de recibirlos. Y Begleiter, de mala gana aceptó, pero con la condición de que Alice pudiera venir a verla de vez en cuando.

La mujer aprobó su petición sin mas remedio pidiendo que se fueran ese mismo día, pero el trato había quedado pactado y sin falta una vez al mes Alice iba con su madre con una canasta llena de deliciosos bocadillos, panes con miel, leche dulce y algunas galletas de mantequilla echas por ella misma.

El frío podía sentirse en el ambiente con el otoño ya en los hombros y su padre no la había dejado partir sin el abrigo adecuado: Una capucha negra y unos guates a juego serian lo que la protegería de los vientos fuertes y el frío suave de la brisa, sus largos cabellos habían sido recogidos en un par de coletas y su vestido favorito rojo con holanes a sus faldas y un encaje negro de adorno hacía un atuendo perfecto con sus botas negras para el laborioso viaje, a su padre le hubiera encantado ir con ella, pero la niña se jactaba de tener la edad suficiente para ir ella sola, y dejándola ganar esta batalla dejó que partiera pero no sin una ultima advertencia  que saliera de sus labios antes de dejarla ir…

“Toma el camino que conoces y no el largo, ya sabes como pueden ser de tramposos los lobos que rodean la zona y si crees que algo anda mal regresa a casa, mi pequeña”

Asintió obediente con una sonrisa en su rostro. Su padre era bastante amable… no entendía porque la gente lo llamaba ogro o bestia cuando lo veían; al igual que a su tío, a quien le gritaban ‘monstruo maldito’, pero a ella no le parecía uno, y menos cuando la despedía cálidamente con un beso en la frente y un “buena suerte, mi niña”

Durante el camino a casa de su madre la mañana había estado tranquila, la senda despejada y el la luz del día que se filtraba entre las ramas casi desnudas de los árboles era suficiente para ver con claridad, el canto de los pocos pájaros que aun salían era alegre y el suave murmullo del viento fresco hacia danzar sus cabellos entre los susurros de la brisa a cada desliz de sus pies, el aroma dulce de la comida que le llevaba a su amada madre se fundía con el aire haciendo aun más placentero su paseo, hasta que un fuerte ruido la asustó, y no solo a ella, también los pajarillos a su alrededor salieron volando, pasó que a unos metros mas adelante la caída de un viejo roble había hecho correr asustados a muchos de los animales y el inmenso árbol era de una altura tal que escalarlo parecía imposible, la madera aun siendo vieja era bastante gruesa y rómpela no era una opción, lo único que quedaba era cambiar de camino, pero al dar la vuelta las advertencias de su padre resonaron en su cabeza.

No debo…tengo que regresar a casa”

Se dijo, pero la imagen de su madre en cama, muriendo sola y abandonada le apañaron los ojos, no podía solo volver, además, con solo una visita al mes no se podía dar el lujo de faltar, la soledad y confinamiento por el que pasaba su madre debía ser horrible…aun era temprano y si regresaba perdería tiempo valioso, los lobos no la asustarían, los osos estaban durmiendo y no había otro animal al que temer, pues los zorros no atacan nada mas grande que un conejo. Con paso firme volvió por el camino hasta llegar a la división tan conocida, el segundo camino no era muy diferente al primero, solo que ahí los arbustos eran más espesos y algunos huesos de animales podían perturbar la vista, pero ni un gruñido o pelaje negro estaban a la vista.
Por un momento se sintió segura.

“Llegaré  a casa de mi madre sin ningún problema y mañana volveré con mi tío y papá para la cena” se dijo, esbozando una sonrisa llena de alegría e impaciencia, ignorante a los ojos esmeralda que seguían de cerca sus pasos, y el cuerpo que se deslizaba entre la hierva, había alguien mas con ella, alguien que la deseaba en su plato y se relamía los labios al pensar lo jugoso de sus piernas y la textura de sus brazos, moría por clavar el diente en su cuello y probar la carne que cubría sus huesos.

“Después de comerme a esa vieja asquerosa un bocadillo saludable no me vendría mal…” murmuró para si, deslizándose entre las ramas con pericia hasta quedar frente a la niña.

¾     Hola, preciosa damita. Siento que es deber informarle que usted a llegado al final del camino.

Los pasos de la niña se detuvieron hasta que dio uno hacia atrás, sus manos tensas y sus ojos abiertos como platos pero con el entrecejo fruncido daban una imagen entre asco y miedo, pues el ver a aquel joven de negros cabellos y sus ojos resplandeciendo de hambre le decían que era un lobo, y no uno cualquiera, sino uno de los pocos que habían logrado transformarse en semi-humanos gracias la hechicería, ya que la parte baja del cuerpo perteneciente al hombre aun era lobuna, cubierta de pelo, erguido a duras penas en sus patas traseras y con la cola contoneándose oscilante en son de ataque.
Estaba nerviosa y el titubeo en sus manos cuando el joven se movió rodeándola lo dijo todo. No tenía un plan para esto, no había previsto encontrarse con uno a plena luz del día y peor aún, ¡con un hombre lobo! echarse a correr sería tonto considerando lo rápido que seguramente era. Mientras que, por otro lado; su atacante se veía divertido pues sonreía mostrando todos sus dientes, babeando excesivamente mientras su lengua recorría sus incisivos pensando en que sabor tendría aquella delicada carne.
En un momento de desesperación logró llevar la diestra dentro de su canasta, buscando un cuchillo, un vil traste que no tenía filo y una punta curva pero era todo lo que tenía, y con el, amenazó al animal que solo rió con sorna al encontrarse con el pequeño trozo de metal.

¾     ¡¿Ah?!  ¿Y que harás con eso, ponerle mantequilla al pan que te acompañará? ¡No me hagas reír!

El altanero lobo se inclinó sobre ella, abriendo sus fauces para dar el primer mordisco en la cara de la menor, pero esta no se dejó y con la poca valentía que tenía; clavó el cuchillo en su ojo izquierdo, enterrándolo cuanto pudo con un giro de su muñeca.
El lobo dejó ir un fuerte grito humano que se mezclaba con el aullar lastimero de los lobos heridos, la sangre pronto bañó su mejilla y aun más molesto la amenazó.

¾     Te sacaré uno de tus ojos y me lo pondré en la cuenta de este, así cuando mis compañeros me vean, podré decirles que una insolente muchacha estúpida intentó hacerme daño. ¡Nos reiremos de ti a lo grande!-


La pequeña Alice estaba tan aterrada, sus manos se encogieron en su pecho y sin querer escuchar mas se echó a correr en dirección a casa de su madre, sollozando e hipeando, sintiendo como la adrenalina del miedo la hacia correr aun mas rápido. “Mamá”  gritó, y creyendo que lo había hecho internamente lo repitió con mayor fuerza dejando que el herido lobo la escuchase.
Las orejas del animal captaron las suplicas mientras se sacaba el traste del ojo, el globo ocular no se había salvado pues estaba reventado y echo pedazos tanto en la cuenca como en el cuchillo. Tomando en cuenta a donde se dirigía supo inmediatamente que ¡La vieja que se había comido era a quien la niñita buscaba!

¾     Me vengaré de ti, te haré desear morir,- susurró en un siseo, ocultando su rostro y dejando que se oscureciera entre sus negros cabellos, lo único que podía verse era la centellante sonrisa que resplandecía a la blancura innata de sus dientes afilados al asomarse entre sus labios. - querrás ser comida por mí…si…eso haré…-




Sus piernas ardían y la fatiga del esfuerzo excesivo comenzaba a derrumbarla, había perdido de vista al lobo, pero eso no significaba que no estuviera cerca, bien podía estar escondido a unos pasos, esperando que alentara su paso hasta quedarse estática en espera de un nuevo aliento o callera de cansancio en el frío suelo cubierto con el tapete otoñal de dicha estación.  La sangre que se extendía con gran velocidad en cada latido de su pobre corazón galopante se aglomeraba en sus mejillas, el vahó que nublaba su vista le desesperaba, pero no mas que el dolor en las costillas por los movimientos caóticos de sus pulmones, no estaba acostumbrada a tanto esfuerzo, pero no podía detenerse, no ahora que la casa de su madre estaba tan cerca y la mañana había dejado su paso a la tarde, el calor del sol era más intenso pero el frío se negaba a esfumarse, aun se sentía el fresco y eso le daba una nueva vitalidad recién encontrada.

El lobo no daba señales de haberla seguido y a sus espaldas solo estaba el camino de hojas que había esparcido en su carrera, por otro lado, la vía hacia la casa de su madre parecía segura, pero también lo había parecido el lugar dónde se encontró al lobo.



Antes de seguir tomaría precauciones, ahora sin su cuchillo no tenía nada que pudiera protegerla por lo menos un poco del animal mitad humano. Buscó a su alrededor pero no vio nada más que grandes rocas incargables, flores casi marchitas y hojas al igual que ramas las cuales habían sido alguna vez su hogar.

Mientras sus ojos se paseaban por el lugar un suave sonido la sobresaltó, volvió rápidamente la mirada al lugar de donde creyó había venido, pero nada, solo hojas cayendo, viento y…un brillo de algo metálico… ¿Qué era? Dudó, quería ver pero ya se había metido en grabes problemas por su impertinencia,  ¿Realmente está bien ir a ver?  Se preguntó sin obtener respuesta, no había nadie que pudiera dársela, entonces… ¡tampoco había nadie para hacerle daño!

En medio de una cama de hojas amarillentas con venas cafés había encontrado un cuchillo, no uno de esos que había usado, si no uno con verdadero filo, una punta aguda y amenazante, era de un grosor considerable y un largo de unos 10 centímetros; miró nuevamente a su alrededor en busca del dueño del arma punzocortante pues no daba señales de haber estado ahí desde siempre, estaba limpio y sin corrosión, más al no ver a nadie la guardó en su canasta y retomó el paso.

Mantuvo el oído atento el resto de su recorrido aunque fuera silencio lo único que el viento le trajera, un escalofrío recorría su espalda y hacia erizar su piel cuando la brisa movía sus cabellos, la deliciosa sensación que le habían dado al principio ahora solo le asustaba y confundía, era como si alguien estuviera pisándole los talones y que su respiración obligara a sus cabellos a danzar. La casa de su madre ya estaba tan cerca que era un tentación salir disparada a la puerta, y , cuando solo restaban unos metros apresuró su paso hasta  llegar a la entrada, tocando con un serio desespero, sus ojos se movían tiritantes en todas direcciones sin mantenerse en una más de dos segundos.

La falta de respuesta por parte de su vieja madre provocó un temblor en sus piernas he insistencia de sus puños, sus labios se apretaron contra las blancas perlas  que escondían y las rodillas se le doblaron, por un momento se pensó seguida por el lobo y acorralada en el peor lugar posible, creía que en cualquier instante de entre las ramas; un hombre lobo saltaría sobre ella y la devoraría en menos de tres mordiscos,  las lágrimas se acumularon en sus ojos y, con la mente ocupada dio lugar a creer que la vieja mujer no respondería la puerta pero el cerrojo se abrió… el par de gotas que viajaron por sus mejillas fueron de alivio puro al ver la holgada pijama de su madre alejarse de la puerta hasta tomar descanso nuevamente en su cama, pero había algo diferente en la casa, se veía más lúgubre y oscura, las cortinas de color pastel que tanto le gustaban a su madre ahora eran de un tono rojo oscuro, casi negro, y aunque no había muchos árboles alrededor de la cabaña la poca luz del día luchaba para filtrarse entre las ramas y alumbrar el lugar. También ella estaba diferente, se veía más saludable y no cojeaba tanto, ni estaba tan encorvada como la última vez que la visitó, no podía verla bien, su rostro le era negado por el gorro del pijama que estaba inclinado de tal manera que la poca luz que podía iluminarla quedara en mentira.

¾     -¿Te has mejorado, mamá?

Preguntó inocentemente la niña con una vocecita entrecortada mas no recibió la respuesta que esperaba. Su madre solo asintió con la cabeza sin decir anda y con un gesto de la misma le indicó la mesa vacía. Enseguida entendió la orden y espabiló su cuerpo para entrar y cerrar la puerta a sus espaldas, dejó la canasta sobre la mesa sacando las galletas, la leche y el pan, pero dudó sobre el cuchillo. “Podría asustarla” pensó, pero sabía que era una excusa para mantener ignorante a su madre. Cubrió la canasta una vez que acomodó la comida en la mesa e invitó a la enferma a sentarse a su lado. Esta se negó.

¾     ¿No vendrás a comer?- Su mirada se había vuelto más suspicaz y sus manos se acercaron disimuladamente a la canasta, la pobre luz mortecina le obligó a trazar sus posibles movimientos mentalmente pues no tenía demasiado de donde escoger, más una vez que se dio cuenta de lo que estaba planeando se aterrorizó de sí misma al ir en contra de la que quería creer; era su madre
¾     No tengo apetito de algo dulce, hijita.- respondió una voz desconocida, era femenina, en efecto, pero se escuchaba forzada y no era la de su madre. Su garganta se secó aunque las ganas de salir de ahí con vida iban creciendo, estaba asustada pero sabía que el menor signo de debilidad haría que la persona que suplantaba a su madre se dejara ir sobre ella dejando atrás la farsa.
¾     E-entonces… ¿de qué tienes ganas?- la palma de sus manos estaba empapada en sudor, sus ojos se paseaban ahora por todo el lugar sin saber qué hacer, los planes formulados y tácticas previstas se habían esfumado y una sonrisa torcida apareció en sus labios, intentando muy fallidamente sonar casual.
¾     ¿Podrías venir a mi lado, hijita?-  finalmente sus orbes de detuvieron para ver entre la penumbra, la cual parecía hacerse más profunda en cada minuto, el destello de un ojo que el gorro dejaba al descubierto. Temía. Sus piernas levantaron el cuerpo de la niña y lo llevaron al lado de la cama, con sus manos en el regazo y una forzada mirada cálida respondió:
¾     ¿Sí?- la brillante canica la observaba con atención, parecía querer penetrar en su cuerpo, pasar el músculo y los órganos en busca de sus huesos hasta dar con el tuétano, le helaba hasta la punta de la coronilla. 
¾     Hay algo de lo que tengo antojo.- El corazón de la niña se congeló. Estando a tan escasos metros de la impostora se dio cuenta de lo enorme que era el ojo que la observaba y buscando mantenerle hablando más lo comentó.
¾     Madre, tus ojos…están más grandes que la luna.- dio un paso hacia atrás poniendo un gesto de curiosidad, como si buscara verla de un ángulo diferente…
¾     ¿Estos?- respondió señalando el que tenía al descubierto –Me los dio la diosa de los rayos platinos para verte mejor.- mintió.
¾     ¿D-de verdad?- respondió en un susurro, a lo que la dama en cama respondió en una afirmación. -Bueno, desde aquí no me puedes escuchar claramente, ¿también te ha dado orejas nuevas?-
¾     ¡Por supuesto, con ojos nuevos, necesitaba unas orejas nuevas!- Exclamó esbozando una brillante sonrisa descuidada que dejó ver lo grande de sus dientes, Alice se sobresaltó recordando al instante dónde había visto esos colmillos y porqué solo lograba ver un solo ojo pese a lo brillante de este….una pregunta más…una más bastaría para obtener su canasta.
¾     Y…¡Qué dientes tan grandes tienes, seguro quien te los dio pensaba en la clase de cosas que con ellos podrías comer!.- sus traspiés se detuvieron con un suave golpe, el borde de la mesa, lo había conseguido pero…
¾     Claro, mi niña…lo pensó y estaba en lo correcto, necesito dientes fuertes… ¡Para comerme a niñas como tú, maldita!- el lobo saltó de la cama y dejó su escondite atrás, iba en contra de la niña quien nuevamente intentó su primer ataque pero con un arma nueva, y aunque ella debió haberlo imaginado no le pasó por la cabeza lo que el lobo hizo. Esquivó el ataque inmovilizando su mano por la muñeca, con un vistazo de su ojo bueno se quedó mirando el enorme cuchillo que tiritaba entre los dedos de la pequeña, riendo a carcajadas el pendenciero lobo le dijo:
¾     esta es un arma muy peligrosa para que una niñata la tenga, si la tenías debiste atacarme con ella en lugar de esa mugre de mondadientes que me encajaste en el ojo derecho, debiste haberme matado cuando pudiste, vengado a tu madre, salvándote a ti…porque si…me la comí, me la comí toda, no dejé ni siquiera la ropa que traía puesta pero no te preocupes no sufrió y la compartí con los gusanos, lo que me comí fue su cadáver, ¿te hubiera gustado verlo? Que enferma que eres, estaba asquerosa pero para un hambriento perro como yo fue un manjar.-

Las palabras hirientes del lobo lograron su cometido; los ojos rojizos de la menor se apañaron y el cuchillo cayó al suelo ante su debilidad haciendo un ruido sordo y metálico, las lágrimas que nublaron su vista resbalaron por sus mejillas pero fueron secadas casi al instante por una apestosa, babosa y roñosa lengua que las saboreó, los colmillos chocaron con la suave y rosada piel de sus mejillas mientras que los labios del hombre lobo se movían sobre su carne, murmurando  “Te comeré lenta y cuidadosamente, sentirás cada mordisco y lengüetazo, dedo por dedo, luego tus brazos, después tus piernas y finalmente te mataré cuando vaya por su estómago del cual me saciaré, si, serás toda una delicia, un festín, pero mi primer bocado lo tomaré de aquí mismo, porque ¿sabes? La carne de la cara, en especial las mejillas son la más deliciosa…”

Alice cerró con fuerza sus ojos y apretó los dientes en espera de una fuerte mordida, podría escuchar como la boca del lobo se abría a sus anchas y en un rápido movimiento se abalanzaba hacía sí pero…nunca llegó.

Se aventuró a mirar pero con cautela,  la luna era ahora la luz que se encendía sobre el escenario y gracias a ella podía ver una figura humana más, era totalmente oscura con un suave brillo a su espalda, una tercera persona había llegado y noqueado al lobo feroz poco antes de su ataque, fue una verdadera suerte y estaba feliz, tanto que un efusivo “Gracias” salió de su boca.

¾     No me agradezcas- dijo el tercero –esto no lo hice de buena fe, ahora que te he salvado tu deber es pagarme.-
¾     ¿Eh…?- no entendía de que hablaba, pero la figura se acercó lentamente, pasando sobre el lobo inconsciente haciéndolo pujar, los primeros en mostrarse fueron sus ojos claros y resplandecientes, eran de un color grisáceo tan deslumbrante que por un momento pensó que era otro de esos hombres lobo, pero no. Cuando llegó al punto en que el escaso brillo bañaba claramente el lugar pudo verlo mejor, era humano, de eso no había duda, pero sus cabellos estaban descuidados y eran de un color rojo profundo que le provocaba un extraño temor, también era alto, muy alto, su cuerpo era delgado pero fornido, y su rostro no mostraba gesto de maldad pero sus ojos se veían llenos de pena y su entrecejo severo le dijo que no estaba bromeando.
¾     Tu eres la bruja que me hizo esto, tú me hechizaste, ¡tú maldijiste mi alma!- unas grandes manos sujetaron su rostro acunándolo en un cuenco, trató de negarlo pero el desespero que mostraba la conmovió, no podía dejarlo así.
¾     Yo…lo siento pero no soy a quien buscas…-el abatimiento en la cara de su salvador le obligó a continuar, pese a que no estaba segura de querer hacerlo.- ¡Pe-pero…! en agradecimiento por haberme salvado la vida te llevaré con alguien que sabrá quién es, porque ese alguien lo sabe todo y jamás miente.-
¾     …- lo meditó un momento pero sin soltar a la niña, no quería arriesgarse.  Finalmente dejó su rostro y arrastró el cuerpo quejumbroso del hombre lobo hasta la puerta donde descansaba un hacha que el mayor había traído consigo y dijo: -Acepto, pero si mientes…- acomodó el cuerpo del lobo de modo que lo único que quedó afuera de la casa fuera su cabeza colocando un pie sobre sus omóplatos y como acto seguido: tomó el hacha entre sus manos, la alzó en el aire y en silbido; esta cortó de un tajo el cuello del animal, devolviéndole la forma que alguna vez tuvo. –El cuerpo bajo mi pie será el tuyo.-