Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar del universo, vivió
un joven viajero que dedicaba sus días enteros a la búsqueda de la felicidad.
Había navegado los mares en inmensos botes, visitado cada
continente llevado a caballo, bicicleta y auto; incluso surcado los cielos en
aeroplanos y aviones, pero aun con sus esfuerzos seguía sin encontrar lo que se
conoce como “alegría”.
Pese a haber tenido aventuras indescriptibles y travesías
maravillosas no se sentía satisfecho, estaba inquieto y desesperado, creía que
había algo o alguien allá afuera esperando por él pero… ¿dónde? Después de
visitar sin falta cada país, de investigar hasta el fondo entre su gente, de
aprender sus idiomas y costumbres no había encontrado nada.
Creyó que cuando ese “algo” o “alguien” apareciera, lo sabía
reconocer inmediatamente, aun así; sus días eran cada vez más largos, sus pasos
pesados y su vista cansada, a donde quiera que veía encontraba sonrisas y
diversión…estaba feliz por ellos, se sentía bien saber que alguien más estaba
disfrutando lo que él no tenía, pero quería ser egoísta y disfrutar también.
Fatigado por su infructuosa búsqueda se recostó en el suelo,
justo ahí dónde estaba ahora, la música de fondo era la de un concierto, una
orquesta tocaba bajo el techo de un biombo en el centro del parque por el que
paseaba, y se dio cuenta de que sus suspiros nunca habían sido tan profundos y
melancólicos. Cerró los ojos escuchando
la suave melodía que llegaba a sus oídos, la conocía…la letra aún estaba
grabada en su cabeza… “¿Presientes al creador, mundo? ¡Buscadle sobre el cielo
estrellado! Sobre estrellas debe vivir.” ¡Ah~! ¡Cuánta razón había tenido
Friedrich Schiller al escribir aquello!
Si no podía encontrar lo que buscaba en la tierra, debía
estar fuera de ella.
Sus ojos se fijaron en el inmenso cielo en el que, por
primera vez en mucho tiempo, la curiosidad volvió a nacer en su interior, había
miles y millones de kilómetros que no había visto, solo conocía la superficie a
tientas, pero jamás se había sumergido en ella. Las estrellas eran hermosas,
sus brillos propios iluminaban la noche como pequeñas luces titilantes en un
árbol de navidad, en este nuevo aliento de vida que hurgaba en su pecho y
aceleraba el ritmo acompasado de su corazón, dio un salto para ponerse de pie y
sonreír como no lo había vuelto a hacer hacía ya mucho tiempo atrás.
Construiría un cohete, uno de los más resistentes y partiría
en un viaje hacia el espacio, allá dónde no existía el fin, donde la tierra no
era más que un pequeño chícharo y el solo una partícula de polvo perdida. ¡Pero
que excitante era pensar en las aventuras que le esperaban! Él jamás hubiera imaginado ni en sus más locos
sueños que dentro de aquel manto estelar, en una de aquel billón de estrellas
encontraría el amor.
Pasaron una, dos, tres semanas y el continuaba juntando el
metal con el que construiría su cohete, era cansado, estaba exhausto, pero cada
que sus ojos volvían al cielo una fuerza nacía de lo más profundo de su
corazón. Había algo allí arriba que lo llamaba. “Ahí está, es mi felicidad. Sin
duda alguna.” se dijo poniendo manos a la obra. Para las personas el ya no era
nada más que un excéntrico que quería continuar con sus aventuras, por ello
nadie intentó detenerlo, había quienes se burlaban de él, otros que se
prestaban a ayudarlo pero siempre rechazaba la oferta, si alguien debía hacer
ese cohete era él mismo, era su viaje, era su felicidad, era lo que solo él
podía sentir y solo él sabía la importancia de todo esto.
Al cabo de unas semanas estuvo listo, se felicitó a sí mismo
por el gran trabajo pero aún faltaba algo, aun si podía partir ¿Cuál sería su
rumbo?
Las brújulas no servían allá, y cada estrella sería igual
a la anterior, no podía salir del cohete
para marcar su camino y como aderezo, allá arriba todo estaba en constante
movimiento. Por un momento cayó deprimido, pensó en que sus esfuerzos habían
sido en vano y esto había sido solo un juego del destino, una ilusión hecha
para que no se quejara…pero no, ahora se estaba quejando y quería su tiempo de
vuelta.
“Hermosas, blancas y brillantes damas, ¿por qué un hombre
que solo busca sonreír sinceramente tiene que pasar por esto?” les preguntó a
las estrellas y ninguna respondió…
”Quizá si me volví loco” suspiró con tristeza sintiendo como
sus ojos se llenaban de agua.
No solía llorar fácilmente, había encarado un león en
áfrica, tocado a un tiburón en el medio del mar, incluso había acariciado la
cabeza de un oso negro y sin titubear, pero ahora que era ignorado por los
mudos astros el vacío en su corazón estrujaba sus sentimientos.
Había una estrella que brillaba más intensamente que las
demás, resaltaba por su resplandor pero el viajero nunca pensó en dirigirse
exclusivamente a ella, ahora que la veía con tal belleza tan imponente le
sonrió.
“ ¿Crees que debería ir arriba, en tu búsqueda?” le
preguntó, no esperaba respuesta pero
algo en su interior murmuró un ‘Si’
“¿Me estarás esperando? ¿No te moverás de ahí hasta que vaya
por ti?”
De alguna manera nuevamente la estrella aceptó su petición, él
sabía que ella era sincera, que aguardaría a su llegada y lo recibiría entre
sus brazos cálidamente. Porque si, la calidez no era exclusiva de los humanos,
también las estrellas podían tenerla.
El viajero partió inmediatamente, la travesía larga y
laboriosa no le importaba, estaba cumpliendo su sueño y pese a los comentarios
deprimentes que muchos le dieron antes de partir él estaba decidido en llegar
hasta la estrella, la tierra se volvía más pequeña cada vez que viraba la vista,
y el espacio parecía fundirse entre sus dedos y de cierta forma sabía que este
era el único lugar al que pertenecía.
Cada estrella que pasaba le daba la promesa de encontrarse
con su enana blanca, no le había puesto nombre así que no sabía cómo llamarla,
aunque eso no le impedía soñar con ella, pensarla y acompañar sus imaginaciones
con una enorme y brillante sonrisa. Aun si no podía alcanzarla, si la vida se
le iba en el trayecto él moriría feliz.
Por primera vez en su vida se sentía pleno, lleno de un sentimiento indescriptible que no
podía comprarse con ningún otro, si hubiera podido llorar lo hubiera hecho,
pero en el espacio era imposible.
Habían pasado años desde que partió de la tierra y su amada
estrella no se veía ni un poco cerca, podía verla y por suerte no la había
perdido de vista en ningún momento, quizá ella misma lo guiaba…si era así no la
defraudaría, llegaría hasta ella.
Un mañana, o lo que era una mañana para él, abrió los ojos y
un resplandor cegador le dio los buenos días, tardó un poco, casi nada en
acostumbrarse y se maravilló con la dueña de semejante luz.
Había llegado, le tomó su tiempo pero por fin estaba a solo
unos cuantos metros de su amada, debía salir en su encuentro pero siendo el
espacio un lugar tan peligroso para alguien como él no se atrevía…
Mas se arrepentiría en el futuro si volvía y no prodía
siquiera mirar a su amada claramente.
Armándose de valor corrió la puerta de su nave sintiendo un
frío inmenso y un aire que lo arrastraba, la estrella volteó hacia el
movimiento extraño y se asombró de ver a un ser tan extraño, algo que en el
espacio, siendo tan inmenso y perdido, era sumamente raro. Él le sonrió. Ella le
devolvió el gesto y con curiosidad se acercó.
Él estaba feliz, inmensamente feliz, por primera vez sentía
eso que todos los demás decían tener y que él parecía haber perdido, no podía
respirar, la cabeza le daba vueltas y no podía estar más alegre.
Estaban por tocarse pero la estrella era demasiado
brillante, él no podía verla claramente y el frío había dado paso a un inmenso
calor, pese a ello con decisión ignoró lo que no era el rostro de aquella hermosa estrella y su cuerpo fue
guiado por los hilos invisibles del deseo de estar junto a ella.
Cada centímetro avanzado, cada milímetro cercano era un
desastre en su ser, su cuerpo no estaba hecho para estar allá arriba y poco a
poco, en lugar de tocarla fue haciéndose polvo, un polvo que quedó atrapado en
la órbita de la estrella. Ella tampoco podía tocarlo, pero continuaba
admirándolo mientras giraba a su alrededor, ella era feliz con él, y él seguía
sonriendo en su recuerdo.
De la nave no se supo más, pero hasta ahora el cuerpo de
aquel hombre enamorado continúa admirando a su amada en las alturas, y ella lo
abraza en su magnetismo sintiéndose acompañada.
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