martes, 3 de septiembre de 2013

Star Dust

Hace mucho, mucho tiempo, en algún lugar del universo, vivió un joven viajero que dedicaba sus días enteros a la búsqueda  de la felicidad.

Había navegado los mares en inmensos botes, visitado cada continente llevado a caballo, bicicleta y auto; incluso surcado los cielos en aeroplanos y aviones, pero aun con sus esfuerzos seguía sin encontrar lo que se conoce como “alegría”.

Pese a haber tenido aventuras indescriptibles y travesías maravillosas no se sentía satisfecho, estaba inquieto y desesperado, creía que había algo o alguien allá afuera esperando por él pero… ¿dónde? Después de visitar sin falta cada país, de investigar hasta el fondo entre su gente, de aprender sus idiomas y costumbres no había encontrado nada.

Creyó que cuando ese “algo” o “alguien” apareciera, lo sabía reconocer inmediatamente, aun así; sus días eran cada vez más largos, sus pasos pesados y su vista cansada, a donde quiera que veía encontraba sonrisas y diversión…estaba feliz por ellos, se sentía bien saber que alguien más estaba disfrutando lo que él no tenía, pero quería ser egoísta y disfrutar también.

Fatigado por su infructuosa búsqueda se recostó en el suelo, justo ahí dónde estaba ahora, la música de fondo era la de un concierto, una orquesta tocaba bajo el techo de un biombo en el centro del parque por el que paseaba, y se dio cuenta de que sus suspiros nunca habían sido tan profundos y melancólicos.  Cerró los ojos escuchando la suave melodía que llegaba a sus oídos, la conocía…la letra aún estaba grabada en su cabeza… “¿Presientes al creador, mundo? ¡Buscadle sobre el cielo estrellado! Sobre estrellas debe vivir.” ¡Ah~! ¡Cuánta razón había tenido Friedrich Schiller al escribir aquello!

Si no podía encontrar lo que buscaba en la tierra, debía estar fuera de ella.

Sus ojos se fijaron en el inmenso cielo en el que, por primera vez en mucho tiempo, la curiosidad volvió a nacer en su interior, había miles y millones de kilómetros que no había visto, solo conocía la superficie a tientas, pero jamás se había sumergido en ella. Las estrellas eran hermosas, sus brillos propios iluminaban la noche como pequeñas luces titilantes en un árbol de navidad, en este nuevo aliento de vida que hurgaba en su pecho y aceleraba el ritmo acompasado de su corazón, dio un salto para ponerse de pie y sonreír como no lo había vuelto a hacer hacía ya mucho tiempo atrás.

Construiría un cohete, uno de los más resistentes y partiría en un viaje hacia el espacio, allá dónde no existía el fin, donde la tierra no era más que un pequeño chícharo y el solo una partícula de polvo perdida. ¡Pero que excitante era pensar en las aventuras que le esperaban!  Él jamás hubiera imaginado ni en sus más locos sueños que dentro de aquel manto estelar, en una de aquel billón de estrellas encontraría el amor.

Pasaron una, dos, tres semanas y el continuaba juntando el metal con el que construiría su cohete, era cansado, estaba exhausto, pero cada que sus ojos volvían al cielo una fuerza nacía de lo más profundo de su corazón. Había algo allí arriba que lo llamaba. “Ahí está, es mi felicidad. Sin duda alguna.” se dijo poniendo manos a la obra. Para las personas el ya no era nada más que un excéntrico que quería continuar con sus aventuras, por ello nadie intentó detenerlo, había quienes se burlaban de él, otros que se prestaban a ayudarlo pero siempre rechazaba la oferta, si alguien debía hacer ese cohete era él mismo, era su viaje, era su felicidad, era lo que solo él podía sentir y solo él sabía la importancia de todo esto.

Al cabo de unas semanas estuvo listo, se felicitó a sí mismo por el gran trabajo pero aún faltaba algo, aun si podía partir ¿Cuál sería su rumbo?

Las brújulas no servían allá, y cada estrella sería igual a  la anterior, no podía salir del cohete para marcar su camino y como aderezo, allá arriba todo estaba en constante movimiento. Por un momento cayó deprimido, pensó en que sus esfuerzos habían sido en vano y esto había sido solo un juego del destino, una ilusión hecha para que no se quejara…pero no, ahora se estaba quejando y quería su tiempo de vuelta.
“Hermosas, blancas y brillantes damas, ¿por qué un hombre que solo busca sonreír sinceramente tiene que pasar por esto?” les preguntó a las estrellas y ninguna respondió…

”Quizá si me volví loco” suspiró con tristeza sintiendo como sus ojos se llenaban de agua.

No solía llorar fácilmente, había encarado un león en áfrica, tocado a un tiburón en el medio del mar, incluso había acariciado la cabeza de un oso negro y sin titubear, pero ahora que era ignorado por los mudos astros el vacío en su corazón estrujaba sus sentimientos.

Había una estrella que brillaba más intensamente que las demás, resaltaba por su resplandor pero el viajero nunca pensó en dirigirse exclusivamente a ella, ahora que la veía con tal belleza tan imponente le sonrió.
“ ¿Crees que debería ir arriba, en tu búsqueda?” le preguntó, no esperaba respuesta  pero algo en su interior murmuró un ‘Si’
“¿Me estarás esperando? ¿No te moverás de ahí hasta que vaya por ti?”
De alguna manera nuevamente la estrella aceptó su petición, él sabía que ella era sincera, que aguardaría a su llegada y lo recibiría entre sus brazos cálidamente. Porque si, la calidez no era exclusiva de los humanos, también las estrellas podían tenerla.

El viajero partió inmediatamente, la travesía larga y laboriosa no le importaba, estaba cumpliendo su sueño y pese a los comentarios deprimentes que muchos le dieron antes de partir él estaba decidido en llegar hasta la estrella, la tierra se volvía más pequeña cada vez que viraba la vista, y el espacio parecía fundirse entre sus dedos y de cierta forma sabía que este era el único lugar al que pertenecía.

Cada estrella que pasaba le daba la promesa de encontrarse con su enana blanca, no le había puesto nombre así que no sabía cómo llamarla, aunque eso no le impedía soñar con ella, pensarla y acompañar sus imaginaciones con una enorme y brillante sonrisa. Aun si no podía alcanzarla, si la vida se le iba en el trayecto él moriría feliz.

Por primera vez en su vida se sentía pleno,  lleno de un sentimiento indescriptible que no podía comprarse con ningún otro, si hubiera podido llorar lo hubiera hecho, pero en el espacio era imposible.

Habían pasado años desde que partió de la tierra y su amada estrella no se veía ni un poco cerca, podía verla y por suerte no la había perdido de vista en ningún momento, quizá ella misma lo guiaba…si era así no la defraudaría, llegaría hasta ella.

Un mañana, o lo que era una mañana para él, abrió los ojos y un resplandor cegador le dio los buenos días, tardó un poco, casi nada en acostumbrarse y se maravilló con la dueña de semejante luz.

Había llegado, le tomó su tiempo pero por fin estaba a solo unos cuantos metros de su amada, debía salir en su encuentro pero siendo el espacio un lugar tan peligroso para alguien como él no se atrevía…

Mas se arrepentiría en el futuro si volvía y no prodía siquiera mirar a su amada claramente.

Armándose de valor corrió la puerta de su nave sintiendo un frío inmenso y un aire que lo arrastraba, la estrella volteó hacia el movimiento extraño y se asombró de ver a un ser tan extraño, algo que en el espacio, siendo tan inmenso y perdido, era sumamente raro. Él le sonrió. Ella le devolvió el gesto y con curiosidad se acercó.

Él estaba feliz, inmensamente feliz, por primera vez sentía eso que todos los demás decían tener y que él parecía haber perdido, no podía respirar, la cabeza le daba vueltas y no podía estar más alegre.

Estaban por tocarse pero la estrella era demasiado brillante, él no podía verla claramente y el frío había dado paso a un inmenso calor, pese a ello con decisión ignoró lo que no era el rostro  de aquella hermosa estrella y su cuerpo fue guiado por los hilos invisibles del deseo de estar junto a ella.

Cada centímetro avanzado, cada milímetro cercano era un desastre en su ser, su cuerpo no estaba hecho para estar allá arriba y poco a poco, en lugar de tocarla fue haciéndose polvo, un polvo que quedó atrapado en la órbita de la estrella. Ella tampoco podía tocarlo, pero continuaba admirándolo mientras giraba a su alrededor, ella era feliz con él, y él seguía sonriendo en su recuerdo.


De la nave no se supo más, pero hasta ahora el cuerpo de aquel hombre enamorado continúa admirando a su amada en las alturas, y ella lo abraza en su magnetismo sintiéndose acompañada. 

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