lunes, 18 de noviembre de 2013

Inútilmente.

Rumores. Amor. Sueño.

Mi ciudad es muy pequeña, quizá demasiado para el bien de los moradores, las pocas personas que aquí habitan se conocen entre sí, siempre están aburridos y la única diversión que les queda es inventar rumores los unos de los otros.

Pero con la poca gente las habladurías son tan rápidamente desechas como inventadas, cada uno tiende a cuidarse la espalda con recelo, algunos desconfían inclusive de su propia familia y la mía no es del todo diferente.

Mi madre amaba la atención, cada rumor acompañado de su nombre hacía de ella una “jovenzuela enamorada en primavera” o por lo menos así la describía papá, quien a diferencia de ella, detestaba las miradas desconfiadas y las palabras llenas de ponzoña.
Eso creaba severas disputas entre ellos, pues una “joven enamorada” necesitaba de un “joven que la cortejase” y así los rumores fueron inclinándose al amante ocasional de mi madre, que no era nadie más que un cúmulo de mentiras que iba tomando forma en la imaginación del prójimo, la actitud rejuvenecida y la radiante sonrisa eran detonantes perfectos para más de aquellas aventuras nocturnas, ella interpretaba tan bien su papel de esposa insatisfecha que incluso mi padre comenzaba a sospechar.

Una nueva familia de dos se mudó al pueblo, un hombre de unos 30 años y su hijo de mi misma edad. El hombre portaba un gran atractivo, a tal grado que las solteronas del lugar fueron a darle la bienvenida en cuanto estuvo instalado; cada una de ellas lo invitó a cenar terminando la frase con “su precioso hijo también puede venir” como si pudiera ser dejado de lado.
Las constantes negativas del hombre despertaron nuevamente esas lenguas sedientas, su sexualidad se veía cuestionada, el paradero de la madre se limitaba a un “está muerta”, lo vago de las habladurías se debía a que nadie se molestó en preguntar realmente en porqué estaban ahí, y lo que más sacudió al pequeño lugar fue la amistad que nació una calurosa tarde de verano entre aquel apuesto hombre y mi madre.
Se les había visto hablar mientras paseaban alegremente por el camino de salida del pueblo, uno que todos conocían pues era el único. Las sonrisas furtivas y los gestos amables de la mujer (mi madre) aunado al coqueteo espontaneo les hicieron ver (mas ciegos no podían estar) que ese hombre era el amante invisible. Todo cobraba sentido en las mentecillas maquiavélicas de las gatas celosas, por eso no aceptaba invitación, el hombre evadía temas que llevasen el amor a un nivel más allá de un ‘es bello’ porque su amante era una mujer prohibida, tenía dueño y él no podía reclamarla.

Esta nueva noticia no tardó en llegar a los oídos de mi padre, él, hecho una furia (como  cualquiera en su situación debía estarlo) le preguntó a gritos a mi madre que cómo podía ser tan malagradecida con él, yo podía escuchar todo perfectamente estando en mi cuarto en el piso superior, las noches siempre son tan tranquilas que los reclamos y gritos de otras viviendas podían filtrarse a través de las delgadas paredes de la casa, mucho más si venían del piso de abajo, pero lo que más me inquietaba era que, de pequeño, solía llorar cada vez que los escuchaba alzar la voz. Ahora apenas y me importa.


Los gritos terminaron con un estrepitoso ruido sordo, seguido de un traqueteo perturbador, escuchaba como varias cosas se movían y algunas con mayor sigilo que otras, el sonido de los pasos era similar al de las ratas atrapadas entre las paredes, las puertas parecían ventanas mecidas por el viento,  y los objetos que cambiaban de lugar eran más fantasmas de la noche, al fin había paz, era lo que me importaba…de ahí en más ellos podían hacer lo que quisieran.

Jamás me cruzó por la cabeza que de ahora en adelante las noches de insomnio, que continuamente intimidaron mi narcosis, se terminarían de un día para otro.







































Mal. Negro. Blanco.


“Dicen que la línea que divide el bien y el mal es muy delgada ¿Qué tanto? ¿Cuánto esfuerzo se necesita para romperla?”

Al día siguiente me encontré con mi padre en el desayunador, me había quedado dormido e iba tarde a la escuela, pero él no parecía enojado, en realidad se veía más tranquilo que de costumbre. Lo miré mientras bebía su café y hojeaba el periódico, parecía no notarme pero al mismo tiempo sabía que estaba ahí.

-Mamá no me despertó hoy.
-Ya eres grande, aprende a despertarte por ti mismo.
-Pero yo no tengo alarma.
-Te daré la de tu madre.
-¿y ella?
-Nos dejó, anoche después de la discusión tomó las llaves de su auto y se fue del pueblo.
-Ah…

No quise preguntar más, bastó con comer una tostada y salir a toda prisa para que no me regañara, me daba la sensación de que si me quedaba en casa, él estallaría en cualquier momento.

Las cigarras empezaron su canto desde temprano y el seco camino de tierra levantaba su polvo como una sábana de niebla; había un poco de viento que hacia soportable el calor, pero no lo suficiente como para ir con ánimos a la escuela, la cual quedaba a poco más de medio kilómetro de la salida del pueblo. Solía ir en bicicleta pero debido al doblez en la llanta delantera durante un choque y a no poder repararla solo me restaba ir caminando pues por la mañana no pasaba el autobús.

Un rumor a mis espaldas me dio calosfríos, era el rugir de un auto, nada que no hubiera oído antes, solo que este era un tanto especial, uno elegante, lujoso, de color negro que reflejaba mi cuerpo en la pintura. Dentro iban ese hombre nuevo y su hijo, pude distinguir en los fugases segundos que estuvieron a mi lado que traía el mismo uniforme que yo, ah, ya podía verme en la escuela, sentado en medio del salón con todos los alumnos amontonados en la puerta solo para ver al chico nuevo pasar, cruzar un par de palabras con él, saber de dónde vino, a dónde irá, qué busca aquí, porqué está aquí… No, solo yo preguntaría semejantes tonterías.

En el salón nadie parecía notarlo, solo yo, él estaba sentado en el 5to lugar en la 1ra fila, yo estaba en el 3ro de la 3ra fila, justo en la mitad del aula…pero aun con un cuadro perfecto cubriéndome, sentía su presencia, su mirada, escuchaba su respiración, incluso el simple movimiento de su lápiz sobre el papel era como un martilleo en mis oídos, no era por el silencio, tampoco por ignorar a los demás, era él y simplemente él, él lo estaba haciendo, su pestañeo parecía acariciar mi nuca y su aliento susurraba en mi oído, me obligaba a encogerme, querer desaparecer. Rogaba por el chillar de la campana, que la estampida de pasos hacia el pasillo se lo llevaran, quería que el fuera uno de ellos, que saliera corriendo con una sonrisa en los labios para conversar en el patio, librándose así de los ojos de los maestros. Sin embargo, después de que todos se fueran él continuó en su sitio, observándome como el cuervo al hombre torturado, en mi mente podía escuchar ese “nunca más” que alguna vez leí, aunque esto no era un cuento de horror era muy similar.

Los segundos se volvían minutos pero en mi cabeza parecían horas, mi cuerpo encogido en el centro sentía el costado izquierdo caliente por la luz del sol, y el derecho tan frío por la presencia de ese extraño, la asfixia mental estaba cortando mi respiración y la realidad se miraba las lúgubre, aun el brillo del astro rey sucumbía a la presencia amenazante, moría por voltear pero al mismo tiempo deseaba echarme a correr lejos, sentía que lo que vería sería espantoso pero el morbo estaba inquietando. “¡Basta ya! ¡Detenlo!” gritaba en mi mente con la esperanza de que pudiera escucharme.

Si él no cedía, entonces yo me rendiría…aquí está tu premio, veme ponerme de pie y salir del salón, regocíjate con mi figura desapareciendo por la puerta hasta el fondo del pasillo, ríete cuando suba las escaleras de madera vieja a la azotea y sécate la lágrima de felicidad que escapó en tu carcajada cuando me siente al lado de la puerta superior ¿estás satisfecho? Por primera vez renuncio a mi comodidad por alguien que no conozco, alguien que me atemoriza sin cruzar palabras conmigo o mirarme siquiera…

El cielo azul del verano nunca me había parecido más gris, él me había sacado de mi confort y había perturbado mi mundo sin saberlo siquiera ¿quién era él y porqué sentía este extraño odio? ¿Era bueno querer estrangularlo?... ¿era malo querer encerrarlo en una caja solo para examinarlo? Ni siquiera podía pararme para ir a comprar mi almuerzo, estaba molesto y lleno de frustración, las piernas me temblaban, no entendía como todo se había hecho tan espantoso.

-¿Por qué te fuiste?

Nunca había escuchado esa voz, venía de mi costado izquierdo y con temor levanté la cabeza, era él, la causa de mi perdición y mi suplicio actual estaba de pie en el marco de la puerta con esta abierta, no la había escuchado, tampoco sus pasos ¿Cuándo se volvió tan silencioso? Su respiración parecía ya no existir, incluso su presencia había disminuido, era más tranquilo, sus ojos me miraban desde arriba, no había notado ese color azul claro, podía comprarlo con el cielo sin temor a equivocarme, y sus cabellos que caían frente a estos eran tan negros como el oscuro cielo en luna nueva, era como si el día y la noche se fusionaran en algún punto coexistiendo en paz en un solo ser, sus largas pestañas reverenciaban en cada parpadeo, me sentía pequeño, el deseo de destruir aquella inhumana perfección crecía a cada momento, ahora mas que nunca lo odiaba.

-¿Por qué te fuiste?

Repitió, obligándome a salir de mi trance como si me hubiera dado un orden.

-Porque tú estabas ahí…
-¿Te molesto?
-…Si, un poco.
-Volveré por ti. ¿Lo sabes, verdad?
Y sin decir más dio la vuelta para irse, no quise detenerlo pero tenía la sensación de que algo había cambiado. Al volver al salón él había desaparecido, no de manera corpórea, él seguía sentado en su lugar pero… su presencia, aquella que me había atormentado durante toda la mañana se había ido, ahora era otro más. Su mirada se resbalaba de mí, su lápiz era sordo y la única prueba de que respiraba era el movimiento acompasado de su pecho, ya no le temía, ahora todo volvía a la normalidad, las clases eran tediosas y mi mundo era como se suponía debía ser, incluso me llegó una nota en un dobladillo, no vi quien la arrojó y cuando giré nadie buscó mi atención, igual no era nada nuevo, repetidas veces me llegaban algunas de estas cuando alguien tenía una duda o buscaba una respuesta sin los enredos del maestro, solo que esta vez no había una pregunta.

“Eres un perfecto blanco”

Era obvio de quien era porque jamás había visto semejante letra, tan elegante y perfecta…

Tan odiosa.































Fatiga. Insectos. Miedo.

El camino a casa se volvió un paseo entre pensamientos, no dejaba de repasar aquella nota en mi cabeza y los posibles significados...no veía ninguno.

"Eres un perfecto Blanco"

¿Qué quería decir con eso? mi apariencia es de lo más común, mi personalidad es solo un punto después de la palabra final, o quizá él solo buscaba una nueva manera de molestarme, ahora que lo había enfrentado su presencia no me atormentaba, al notarlo el decidió buscar una nueva manera de fastidiarme, sí, eso debía ser...

Cuando llegué a casa mi padre no estaba, fui directo a mi habitación sin revisar más allá de lo que abarcaba mi campo visual al entrar o de mi entrenado oído, que solo encontraba silencio; era fácil saber cuándo había alguien y cuando no, incluso mis propios pasos sonaban como tambores al subir las escaleras, el rechinar de los tablones y el golpeteo hacían del hueco una caja de resonancia improvisada dejando un “tap” a mis espaldas; cruzaba el pasillo superior cuando escuché un leve rumor.

-Ya llegó…

Me dije, bajando nuevamente por obligación a saludarlo, pero cuando llegué a la planta baja no había nadie.

-¿Papá?

En el momento en que el eco de mis palabras se apagó, lo oí nuevamente. Seguí aquel murmullo por momentos, pues se pausaba y volvía a mis oídos, hasta llegué a creer que era un ladrón, pero esa idea se fue tan rápido como llegó, en Wuzecovin nunca se ha visto tal cosa.

El sonido se hacía más fuerte, y mi vista, en lugar de centrarse en la sala, continuó su recorrido a la cocina en la cual me encontré, buscando en todos los lugares posibles hasta que me di cuenta…un extraño aroma provenía del sótano, era entre podrido y sucio, como un pedazo de carne echado a perder cubierto en polvo.

Aún no llegaba mi padre, podía escuchar el silencio pero siempre atento a cualquier movimiento, me atreví a bajar con sumo cuidado, como una rata en sus robos nocturnos; en ocasiones así me sentía; como un extraño en mi propia casa, y no entendía mi propia cautela aun cuando el hedor seguramente era un animal que vino a morir a nuestra casa, algo como un conejo o un tejón mal herido. La luz no servía, pero un haz ocasional que se asomaba por la rejilla de la ventana de piso me bastaba para ver escasamente; mi mente me jugaba bromas, veía las sombras moverse, el polvo danzar en el aire un vals eterno, podía escuchar el revoloteo de las polillas y, conforme avanzaba, el hedor parecía golpearme despiadadamente en la cara…tan insoportable.

El piso tenía un manto de oscuridad móvil que no cedía a la luz, pero había un bulto especialmente grande que atraía la atención de los insectos, el zumbido penetraba mis tímpanos, y juraba que el bulto palpitaba, era un grito, un alarido de dolor puro y desgarrador, mis dientes rechinaron con fuerza en una búsqueda por opacar el suplicio del ronroneo, titubeante, me aproximé pausadamente para tocar algo que prometía ser plástico, enseguida los insectos se dispersaron dejando un caos, sentí la superficie…era fría, rígida y la capa plástica contenía algo viscoso. Al tirar de la bolsa el paquete entero se movió, mis dedos se hundieron en el plástico negro, dejando escapar desde adentro un líquido espeso que me asqueó, no pude soportarlo más y salí corriendo, golpeándome con el pecho de mi padre  justo al subir las escaleras, quise decirle lo que vi pero mi voz no salió al ver su mirada, estaba llena de cólera y me apartó de golpe, me dijo a gritos que me fuera y yo dócilmente. Asustado. Temblando. Obedecí.

Me encerré en mi habitación, aun con la mano manchada, y recargado contra la puerta  con las piernas temblando sin fuerza resbalé al suelo, veía la ventana pero no encontraba luz, solo recordaba los insectos, la nube que todos ellos hacían alrededor de esa cosa, de aquel objeto… ¿qué era? Intenté ver mi mano pero mi cuerpo no me respondió, estaba cansado, eran demasiadas emociones en un solo día, y sin saber en qué momento: me dormí.































Sueño. Invierno. Yo.

En medio de una habitación, una tenue iluminación proveniente de una vela en ninguna parte me marcaba el camino; en el suelo se dibujaban unos rostros irreconocibles, pero que estaba seguro de haber visto antes. Una niña me sonreía, un joven se burlaba de mí, una anciana me miraba desaprobatoriamente y una mujer madura no parecía tener interés alguno en estar ahí, un hombre más adelante me miraba severo y uno mayor parecía triste, conforme avanzaba iban cambiando y yo no podía apartar mi vista de ellos, no tenían coherencia pero eso no me abrumó.

La luz creció abarcando solo un círculo perfecto en el cual se reunieron las 6 caras a mi alrededor, yo me había convertido en el centro y sin decir nada, todos me miraron fijamente; Una mujer con capucha blanca se abrió paso detrás de ellos y el cálido ambiente se oscureció, ahora solo estábamos ella y yo en un vacío total.

En un principio el lugar tenía un medio tibio, pero a la llegada de aquella dama un inexplicable frío recorrió mi espina, le temía, pero al mismo tiempo quería ser más cercano a ella; escuchaba un llanto de melancolía y los cabellos de la mujer salían por los bordes de su capucha, eran castaños, oscuros y ondulados, como los de mi madre; sus manos se asomaron por los bordes de sus mangas, eran huesudas y pálidas, pero con uñas largas y de un intenso rojo, el color que ella llevaba la última vez que la vi.

Lentamente, la encapuchada levantó su mirada que había mantenido en el suelo y me miró, mis ojos se cristalizaron, me petrifiqué cuando la vi con el brillo que parecía emanar su cuerpo, era ella…mi madre. Estaba triste y lloraba con dolor, temblaba, su cuerpo entero tiritaba como el de una anciana que no podía mantenerse en pie, se veía acabada, no era más aquella mujer vivaz que conocí.

Su cuerpo entero parecía más un esqueleto envuelto en papel, sus labios susurraban mi nombre y cuando intentó dar un paso hacia mí, se desplomó, su cuerpo estaba hecho polvo, la capucha la aplastó y llenó el suelo con un blanco brillante, mis piernas ya no podían sostenerme y caí igual, se sentía frío.

-¿Ni-nieve...?-

Sostuve un poco en mi mano, mirándola fijamente como si esperase que se derritiese,  pero un copo cayó sobre el pequeño montón; levanté la vista a un cielo nocturno de nubes grises, de alguna manera había llegado al exterior, descansaba frente a un cementerio en el que solo había una tumba y frente a esta estaba yo, hincado, llorando.

Me había convertido en un espectador.

Un árbol desnudo era mi sombrilla en la nevada y entre sus ramas, la nieve se amontonaba y cedía a su propio peso, aun cuando colisionaba con mi cuerpo no me movía, continuaba mirándome hasta que la oscuridad que permanecía al fondo me consumió. La nieve en mis hombros comenzó a derretirse y el agua descendió en finos hilos hasta mi mano, misma que levanté frente a mi rostro. Era sangre, sangre seca y hedionda.





















Luz. Fin. Vacío.

Desperté de golpe y con la respiración agitada, mi mano estaba limpia y pude escuchar un auto arrancar. Una miríada de voces resonaba en mi cabeza, legué a creer que mi padre había hecho un escándalo en todo el pueblo, pero al mirar por la ventana me di cuenta de que no fue así, no estaba nadie.

Bajé para terminar con lo antes iniciado pero el sótano estaba limpio, el hedor se había ido y la casa estaba en perfectas condiciones, como si nada hubiera pasado. Salí sin encontrar a nadie, ni las mujeres de siempre, o los vendedores de tarde, siquiera estaban los niños jugando… nadie.

-Al fin llegas.

Ah, esa voz me estremeció, no deseaba verlo, pero era el único cerca. Mi némesis.

-¿Dónde está todo el mundo?
-Tú eres todo el mundo.
-Deja de jugar…
-No lo hago, por ahora tú eres el único aquí.
-¿Y tú qué? ¿Ahora me dirás que eres una alucinación o algo así?
-Yo realmente no importo, solo he venido por ti, de aquí en adelante estás solo.
-¿Por mí? ¿De qué hablas?
-Hasta pronto.
-Hey, ¡Espera!



Levantó la mano y así como llegó, desapareció…¿Qué quería decir con eso? ¿Y dónde demonios se había metido toda la gente? No importó cuantas horas anduve recorriendo el pueblo no encontré a nadie, el sol jamás se metió y la calle no llegaba a su fin; no respondían a mi llamado, tampoco escuchaba nada que no fuera el eco de mi voz al gritar “¿Hola?” Estaba completamente solo. ¿Es esto lo que llaman el infierno propio?

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