jueves, 26 de abril de 2018

Desgracia.

Detengan las transacciones, escondan su andar
ahí viene, ahí viene el desgraciado.
No pueden soportarlo, no pueden verlo a la cara
Pobrecillo, que lástima da.
Por favor, que ya deje de respirar.

Así habla la gente del hijo de Alaksmí.
Pero qué puede hacer él,
qué puede hacer él.
Solo ha actuado tontamente durante su vida
el pobre, el pobre desgraciado.

Detengan a las lágrimas, corran los niños
el mal se acerca, viene por ustedes.
No pueden soportarlo, no pueden verlo a la cara
es un dios desterrado, un dios odiado
Pobrecillo, que lástima da.
Por favor, que ya deje de respirar.

No puede hacer algo más.
No quiere hacer algo más.
Por eso lástima da.
El hijo rechazado de Alaksmí.

Detengan los embarazos, escondan sus tesoros.
El mal se acerca, la desgracia, la desgracia.
Es lo único que él posee.
Soledad, angustia, reparte sus males,
males que no puede detener.
Pobrecillo, que lástima da.
Por favor, que ya deje de respirar.

El sueña con una mano amiga,
una que detenga su dolor.
Todos corren cuando lo ven llegar.
Cuando al vendedor de males ven entrar.

Detengan sus sollozos, corran a sus brazos.
El mal se acerca, no tiene a dónde ir,
el solo necesita algo de bondad.
Una sonrisa, un saludo alegre que le haga olvidar,
Nadie quiere soportarlo, nadie puede soportarlo.
Pobrecillo, que lástima da.

Por favor, detengan su sufrimiento ya.  

lunes, 23 de marzo de 2015

Carta de amor.

Amor a primera vista…ese momento en el que ves a alguien tan hermoso que te hace olvidar que no existe solo para ti.

Jamás creí en el, y aún ahora me niego a creer.

Un amor debe cosecharse, cuidarse y hacerse florecer, pero ¿qué hago con el fruto que has hecho nacer en mí? Tú simplemente no lo sabes pero he enloquecido por ti.

He enloquecido de una manera aterradora pues no puedo dejar de pensarte aún después de todos estos años; tu rostro, sin embargo, es borroso; tu aroma una simple estela en el viento que acaricia mi cara al anochecer y tu voz…un sonido incomparable que creí jamás podría olvidar, ha desaparecido.

Mi mundo, ese que era perfecto antes de conocerte ha caído en el caos total. Me ajusté a ti, tú cabías ya perfectamente en mí, incluso tus pequeñas mímicas naturales al hablar agitaban mis adentros para mal. . .esta no soy yo.

Dime ¿Tienes un secreto personal que no le dirías a nadie?

¿Incluso a mí?

Yo sí.

Te amo, pero sería mejor si tú nunca hubieras existido.

lunes, 13 de octubre de 2014

Kvothe - Pierrot

Asustado, en verdad estaba muy asustado. La inocencia se había ido, los sueños de un niño desaparecieron en la penumbra mohosa de la palpable realidad. La asfixia de estar despierto le hacía desear cerrar los ojos mientras aguardaba por la somnolencia, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse ¡¿De qué?! De nada… no se arrepentía de nada.

Es difícil explicar cómo llegó a esto, el proceso por el cual pasó el cuerpo, recipiente, objeto que escondía el verdadero tesoro que tanto deseaba apretar en sus manos y contra su pechito, por años soñó con este momento, días enteros viéndola, noches en vigilia esperando por ella, Elenore, la hermosa musa, la amada, el pecado encarnado y la única por la cual daría su vida. Amaría decir que completa escapó con él, pero su belleza era comparable con su odio hacía el pequeño, ¿por qué? Él quién jamás le hice daño y se dedicó a adorarla, era el único que vivía para ella y le pagó con su desprecio…

La primera vez que la vio era un niño, sus padres “pertenecían” a los de la malcriada quienes eran dueños de un viejo teatro llamado ‘Le Ombre dei Sogni’ el sueño de su Mamma era protagonizar una obra, el de Papà era verla feliz, más nunca se ocuparon de su hijo quien solo era el extra en sus vidas y al cual ellos no podían importarle menos.

Cada respiro era para él, ninguno para ellos; cada paso le enseñaba el mundo adulto y lo que se debía hacer para obtener lo que se quería y él la quería a ella, pero siendo tan pequeño, el figlio Kvothe tenía que esperar para crecer…tan pequeño y reprimido. Aún no puede recordar cuantas veces me dijo que no había nada mal en crecer un poco antes.

Los años pasaron tan a prisa, pobre Kvothe, el tiempo no espera a nadie, mucho menos por él. Pronto se encontró sobre el escenario interpretando su vida entera en cada obra, siempre empapado en tragedia, muerte, decadencia o solo un extra, su papel de tiempo completo. Ah, pero podía verla a ella, a Elenore.

La muchachita de piernas largas, cabello negro y esponjado, con pestañas largas y ojos brillantes que según él, eran más hermosos que la luna, sus labios rosados recitaban las mismas líneas una y otra vez, pero para un joven enamorado eran una melodía hipnotizadora que podían oír hasta la sordera y continuar leyendo sus labios.

Ella jamás me agradó, el desprecio que le mostraba en cada ademán y mirada era suficiente para que la odiara, mas no así él.

Pero una noche, aquel jovencillo sumiso y reservado por fin decidió levantarse y entregarse a ella, la cita fue en las afueras de la pequeña ciudad, siempre con él cual compañero fiel lo esperé donde me indició, la noche hacía su aparición y ella llegó con su prepotencia arrastrándose bajo sus pies ¡Arpía! ¡Villana! Nunca mereció el protagonismo en ninguna de sus obras, pero el papel lo interpretaba tan bien que incluso su padre creía en la bondad de la tirana descorazonada.

Kvothe se acercó a ella quien retrocedió, sus labios se movieron y la ya mujer le arrojó un polvo blanco a la cara…maquillaje, el maquillaje del Pierrot, lo llamó un payaso, un segundón, no podía soportarla más ¡¿Por qué la dejas hacerte esto?!

Mi pequeño Kvothe, cegado por la ira y enfermo de sus rechazos se abalanzó contra ella ¿pero qué hacía? Jamás le pedí que llegara tan lejos. Los labios de ambos chocaron pero no para un beso, solo la hizo callar mientras una de sus manos hundía algo en el pecho de Elenore, un chillido agudo me alertó, debía detenerlo, si lo dejaba así….¡él sabía cómo castigaban a los asesinos!

Regresó corriendo con el aliento entrecortado, me cargó en sus brazos y con la sonrisa más enorme que jamás pude ver en su rostro abrió mis costuras, escondió su ‘tesoro’ dentro mío y me dijo que su vida estaba completa, que ahora tenía aquello que siempre había añorado y nadie se lo arrebataría jamás.

Él cargó con el cuerpo de Elenore con solo la luna como su testigo, parecía dormir entre sus brazos tan pacíficamente que lo único que manchaba la escena era la sangre en el mentón de Kvothe y el polvo bruscamente esparcido por su rostro, unos metros más y todo habría sido el crimen perfecto pero…como había dicho antes, la vida de Kvothe siempre había sido una tragedia y aquella vez no fue diferente.

El Papà de Elenore lo llamó con un grito de horror, el cuerpo de la muchachita resbaló entre sus manos, y tan silencio como siempre giró el rostro hasta el viejo, con una sutil sonrisilla en sus labios…una sonrisa que parecía brillar en la oscuridad con la luz propia de la maldad ¿en qué te has convertido, Kvothe? Su orden, sus leyes ya no pertenecían a las de este mundo, él jamás fue de este, él estaba mucho más allá de nuestra comprensión…siempre.

Parecieron correr horas antes de ver a alguien moverse, un segundo hombre apareció, gritó “asesino” y pronto eran 4, no… ¡6! ¡6 hombres en contra de un niño a comparación! Primero se abalanzaron sobre él, golpeando su cuerpo con palos y puños, tiraron de sus cabellos y lo arrojaron al suelo, arrastrando lo llevaron hasta el cementerio con furia pero él jamás se defendió porque sabía que no encontrarían su tesoro, lo único que le importaba, lo único que nadie más podía tener…y yo lo escondía calladamente desde mi lugar en donde podía ver todo…cada arrebato de ira, palabras de repulsión y preguntas sin responder.

“¿Dónde está el corazón? ¿Qué hiciste con ella? ¿Tan malagradecido eres?”

Los hombres pronto se calmaron, no, solo callaron sus preguntas, ya no había nadie que las pudiera responder, el muchacho ya estaba muerto, miraba sin mirar, sonreía sin sonreír, caía al suelo cada vez que lo alzaban y sin nada que sacar lo arrojaron a la fosa común.

3 días pasaron, en la noche para el 4to, a las 3 de la mañana, aún tan oscuro como la boca del lobo. Yo. Olvidado por todos. Veía la fosa en la que habían dejado el cuerpo de Kvothe.

Una mano se asomó titubeante, hundió los dedos en el barro y maleza y lo usó para impulsarse, extrañamente era él.

Su piel era más blanca, gusanos salían de su boca, escupió carne que no le pertenecía y sus ojos divagaron en direcciones opuestas antes de centrarse en algo, su carne daba la impresión de estar a punto de despegarse de su cuerpo y sus movimientos parecían fotografías pasando rápida y pausadamente hasta que salió de ahí, siquiera respiraba, su pecho no se movía, y si lo hacía entonces era lentamente, muy, muy lentamente. Su ropa hedía, sus cabellos estaban mojados en sangre y otras cosas, su ropa no tenía color, era como una de aquellas obras en las que no sabes qué color usó el artista o si quería inventar uno nuevo.

A gatas, casi arrastrándose vino hacía mí. Se puso de pie y me cargó con unas malos gélidas pero amables, él blanco siempre había sido su color, pero su piel era tan blanca como el papel…oh, Kvothe.

Me abrazó y en medio del silencio dijo mi nombre.

“Lucius”

Sonreí.

Pacientemente había esperado por esto, había mantenido seguro su tesoro, nadie lo había tocado, nadie había sospechado que en mi se escondía lo que tanto quería, lo que amaba, con pasos ligeros nos fuimos de ahí. Ya no había nada para nosotros en aquella ciudad, nadie nos entendería, nadie nos querría, no éramos más lo innecesario, pero ahora este nuevo aliento de vida existía, y nosotros con él.

Su renacer era el mío.

Te encontré

La puerta a mi espalda sonó.
¿Quién era? No había nadie,
ni detrás,
ni adelante.
Siempre pasa ¿sabes?
Estoy solo en casa o en medio de la calle
y siempre hay alguien.
Alguien que me sigue y desaparece,
me atrevería a comprarlo con una sombra
pero seguramente no lo merece,
además; su presencia es mucho más fuerte.
Tanto que no necesito verlo para saber que está ahí.
Debes estarte riendo,
eso de sentir cosas son tonterías.
Pero, Aah~ cómo me gustaría que fuera solo un cuento
de esos que me llenan de alegría.
Una maravillosa historia que adorne el papel.
Pero es tan real e invisible como el viento,
ahí está otra vez, ¿lo escuchas?
está buscándome
cada vez más cerca de encontrarme.
Pero escapo.
Se aleja,
se cansó.
Ahora calla,
patético, ¿no?
Debería…debería…

-Te encontré


-¿…E-eh?

martes, 17 de diciembre de 2013

Kain

El clima estaba especialmente frío aquella mañana de diciembre, aún no había abierto los ojos y ya estaba quejándose al pensar que en cualquier momento sonaría la alarma. No quería escuchar esa melodía tan conocida y bien podía levantase para desactivarla antes pero… la pereza podía más con él.
Muy a su pesar decidió que era mejor despertarse antes y llegar temprano al trabajo que quedarse holgazaneando y tener que soportar al cumulo de personas en la parada del bus. Su mano salió por el borde de la cobija, la cual le cubría el cuerpo completo incluyendo la cabeza, tanteando en donde se suponía debía estar su celular. Solo había libretas, lápices, cables y un suéter, todo dejado a consciencia pues había noches en las que sus “voces” -así las llamaba él-, no lo dejaban dormir. Tenía que escribirlo, sacar todo para que lo dejaran en paz y largarse a los brazos de Morfeo, pero lo que le interesaba no parecía estar ahí. Se destapó el rostro, abriendo lentamente los ojos para encontrarse con el gris blanquecino de su techo y la tenue luz que se filtraba por las persianas de su ventana, estaba por girar la cabeza cuando escuchó y sintió su celular bajo la almohada.

“¿Cómo llegó ahí?”

Pensó cuestionándose, pero era más que obvio que ahí lo había dejado en medio de la noche, tal vez vio la hora y no lo recordaba, o solo lo tomó entre sueños y lo guardó bajo la almohada. Tanto el sonambulismo como el olvido eran una respuesta válida, pero el estar pensando en tantas cosas desde temprano no era apropiado, su cabeza dolería, las ideas se amontonarían nuevamente y se harían fuertes, logrando así ahogar el exterior en un estallido de ruido silencioso y oscureciendo su visión con imágenes invisibles para otros. Detestaba su imaginación, odiaba con todo su ser no poder solo abrirse la cabeza y dejar todo salir, le producían terribles dolores y la mayoría del tiempo su entorno era mudo y lo único que escuchaba era lo que había dentro, casi como una tortura.

Respiró profundamente para levantarse de un salto, escuchando sus pisadas en un desesperante silencio impuesto, sus padres aun dormían y su hermana estaba arropada como siempre en la cama individual al lado de la propia, dejó el móvil sobre la almohada y fue a cambiarse escuchando como poco a poco su casa cobraba vida. El ruido del televisor, los pasos de su madre, la voz profunda de su padre, no le gustaba tanto ajetreo en la mañana pero lo veía necesario, además; era preferible al silencio, porque cuando todo está callado es cuando las ideas desbordan más caudalosamente. Desorientándolo.

Pronto estuvo listo para partir, solo faltaba tomar el desayuno y leer el periódico que su padre traía por las mañanas, su cabello estaba más largo que de costumbre, tenía que recortarlo antes de que escuchara el famoso “pareces una niña, siempre quise otra hija” de su madre.

Ella era una mujer alegre y ese día parecía estarlo todavía más, pero también se sentía un poco culpable pues justamente la abuela había fallecido hacia nueve meses, y se consolaba con la idea de que a su difunta madre no le gustaría verla triste. Todo fue tan simple y aburrido como lo esperaba, aunque cuando no planeara ir al trabajo ese día sus padres no lo notaban y lo agradeció infinitamente pues estaba lo bastante abrumado con sus ideas… hacía meses que pensaba en terminar con su vida, en abandonar todo y dejar un espacio vacío en la mesa que se llenaría con la visita de algún vecino que preguntara su nombre para dar el pésame, o una tía que no lo recordaba en su cumpleaños o graduación solo para que le viniera a la mente y fingiera tristeza por un ser que a duras penas se molestó en conocer, se sentía un cobarde e idiota y algo estúpido al tener esa clase de ideas que consideraba “triviales” en la cabeza, sin embargo, era la verdad.

Solía reírse de la gente con pensamientos así, jugar con ellos y demostrar lo listo que era, regocijarse en sus penas sin remordimiento alguno, amaba tomar sus manos y levantarlos para demostrarles que la vida valía tanto la pena…solo para hacerlas un infierno en la primera oportunidad que tuviera y hacerlos caer tan profundo como se lo permitieran.

Pfft, ¿De qué había servido todo aquello? Su Ego seguía siendo nulo, su amor por la vida se alimentaba de ver a otros llorar, la felicidad que pensó sentir no era más que la excitación de sentirse poderoso…y ahora que lo pensaba era demasiado patético depender de los demás como ellos dependían de él, se había llegado a creer el “rey del mundo” cuando no era nada más que un simple mendigo lamiendo los pies ajenos y mordiéndolos al primer descuido.

Si, esa era la mejor manera de describirlo.

Antes de darse cuenta ya estaba en la calle, sordo a los ruidos externos con la música de su reproductor, veía una masa de rostros que pasaban a su alrededor “¿Quiénes son aquellas personas? ¿Alguna vez hablé con ellas?” se preguntaba “¿Notarán que el chico de las mañanas ya no pasa?...Por supuesto que no.” Rió, volviendo sus castaños orbes al suelo, imaginando como las manchas blancas que el tiempo abandonaba sobre la acera se tornaban en nubes y lo levantaban por sobre los demás, el mundo perdía volumen, se movía bajo sus pies y cada paso que daba era una orden para que este girase a dónde quería, estaba entrando a su aislada realidad dónde lo cotidiano era caminar sobre manos nacientes del suelo, cruzar corriendo mares etéreos para desembocar al otro lado de un agujero negro que te cegaba al aterrizar sobre la superficie del sol, estos pensamientos siempre quedaron guardados en su cabeza, nunca nadie los sabría ni tenía intención de contarlos; no por egoísta, claro que no. Si no por miedo, incluso él podría tenerlo. Había hecho escasas menciones sobre estos lugares y solo había recibido miradas de desaprobación y algunos “vuelve a la tierra, ya estás grande para pensar en esas cosas” Así había aprendido a no tratar de explicarle a un idiota algo que no quiere entender y también a ‘sobrevivir’ bajo sus propias reglas.

Era tarde, muy tarde, detestaba no llegar a tiempo pero hoy era diferente, quería detenerse a mitad del camino y correr en dirección contraria, quería dar pasos pausados y disfrutar la fresca briza invernal, olvidarse del reloj y simplemente hacer lo que le entrara en gana, la sociedad podía meterse sus prejuicios por el culo porque a él ese día no le importaban.

Aunque muy a su pesar continuó el camino a su trabajo, hoy era día de paga, no valía la pena faltar este día en especial y por esos pensamientos llegaba a odiarse, aun cuando su imaginación tuviera ideas tan excéntricas siempre terminaba haciendo lo mismo, casi como si fuera una máquina diseñada para obedecer, le funcionaba en el día a día, pero por dentro esa era la principal razón de su búsqueda a la muerte. La fatal atracción que sentía por el dolor ajeno lo había retorcido de una manera un tanto extraña, en sus ideas de “Si quieres hacer algo a los demás, primero debes pasar por ello tu” lo habían llevado a cortarse, golpearse y atentar contra su vida solo por otros y cuando lo veía en retrospectiva notaba cuan poca razón tenía pues el gusto del dolor no lo habían ablandado ni dado coraje, inclusive alimentó su morbo haciéndolo buscar nuevas maneras de tortura al prójimo.

Cortes, golpes, asfixia, privación del sueño, inducción a la inanición, cansancio extremo. Todo lo había probado de primera mano, cualquier depravación que viniera a su mente la hacía realidad en cuanto podía, incluso había llegado al exhibicionismo, aunque no creía que pudiera tacharse como tal, quería algo nuevo, algo que lo hiciera salir de su rutina aunque fuera solo un poco…

Fue entonces que notó que había llegado a los riachuelos opuestos de un solo sentido, así les llamaba él a las carreteras pues cuando veía a los autos andar le parecían peces nadando río arriba, como los salmones en época de apareamiento, ya que se amontonaban igual en los altos y corrían tan rápido como podían al aparecer la luz amarilla, pero no todos eran salmones, algunos eran peces payaso, otros tiburones, también había algunas serpientes, ballenas e incluso había bichos perdidos entre todo aquel ajetreo de “aguas”

Había soportado patadas y golpes, se azotaba contra las paredes y hubo ocasiones en las que dejó que su cuerpo se desplomara contra el suelo, pero nunca había dejado que un Pez lo rosase siquiera, ¿Cuánto daño podía hacer un pez? Uno normal no haría nada, pero uno de aquellos mastodontes metálicos; mucho, tal vez demasiado. Su cuerpo podía quedar machacado, sus huesos rotos, su cabeza aturdida de por vida, incluso podrían llevarlo a la muerte, pero esta era preferible a su monotonía infinita.

Sus ojos se clavaron en las aletas -llantas- de los peces, veía lo rápido que se movían pensando en cómo rebotarían al tener abajo su cuerpo, tenía que humedecer sus labios a la imagen mental que se formaba, era encantadora, casi hipnótica, podía sentir en su cuerpo aquella gama de sensaciones mezclándose; Sus órganos aplastándose, los huesos astillados y partiéndose en dos, el caliente metal del cofre delantero dando contra la curva natural de su espina dorsal dejando en libertad un millar de choques eléctricos que lo llevarían a la inconsciencia… tuvo que morder su labio inferior y valerse de todo su autocontrol para que ese sentimiento no creciera, que el arrebato apasionado cesara y la seducción del doloroso placer de la muerte no cegara su juicio.

Pero se dio cuenta muy tarde que su cuerpo había decidido por sí solo que era lo que quería y que no.
La brecha de tiempo que trascurrió fueron los segundos más largos de su existencia, fácilmente diría que estuvo horas dando un simple paso a la tumba.
El pez que se acercaba a toda velocidad, era uno de color blanco, sus aletas se agitaban con furia y sus ojos brillaban a la luz del sol madrugador, intentó dar vuelta y rodear al joven suicida que se interpuso en su camino, pero este fue más rápido y volvió a interponerse en su ruta, aceptando el golpe en silencio, dejándose llevar por la fuerza del impacto hacia adelante, ¿o era atrás? Y dócilmente aflojó su cuerpo para que girase sobre el pavimento llenándolo de raspones y cortaduras, tierra y polvo, bañando su impecable playera gris y pantalones azulados en un polvoroso café brillante rojizo.
En esos momentos el mundo se detuvo.

Las personas dejaron su cotidiana labor para ver al joven inmóvil en medio de la carretera, el pobre escuchaba voces lejanas, gritos extraños como si estuvieran en otra lengua, sentía empujones que parecían patadas y cada esfuerzo era agotador, pero lo que más le asombró de todo fue que aún vivía, aun sentía las piernas, los brazos, la cabeza, todo lleno de un apuñalante dolor, pero los sentía.

Sonrió, probando la sangre que escurría entre sus labios, riendo suavemente para convertirlo en una carcajada. Las personas se alejaron y lo miraron con miedo, si, le temían, temían a un loco que había atentado contra su vida, a un muchacho adolorido que no podía levantarse del suelo, a alguien que en cada intento por apoyarse sobre sus brazos volvía a caer de bruces al pavimento.

-Tengo que hacerlo de nuevo… la próxima vez no fallaré.


Se prometió, olvidando el mundo a su alrededor, feliz de estar apoyado sobre el agua, rodeado de peces quietos que se amontonaban a su alrededor para mirarlo como a un trozo de comida, quería quedarse ahí y morir ahogado, quería ser la cena de esas bestias, pero lo que más deseaba era alimentarlos con trozos de comida que el mismo buscaría para ellos.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

El Escritor.

Y aquí estoy
Como muchos locos, cantando solo
Como cualquier genio, imaginando imposibles
Todo un extraño que habla con las manos
Aquí estoy
Viviendo encerrado en rincones inexplorados
Temido y temiendo a seres imaginarios
Compartiendo lágrimas en dolores de seres amados
Aquí estoy
Regalando mi pan a ricos desafortunados
Aceptando ofrendas de pobres virtuosos
Viviendo entre muertes de formas horribles
Durmiendo entre lugares rocosos y dolorosos
Y aquí estoy
Como muchos
Como pocos
Como cualquiera
Aquí estoy,
Viviendo la historia que nunca acabará
que aun después de mi muerte alguien más vivirá.

Recuerdo del ayer.

La tenue luz del amanecer se filtraba por la pequeña ventanilla de mi habitación, cegándome por un momento pues me había acostumbrado a la oscuridad, noté un destello a mi lado derecho. Era mi pequeña arracada de plata que reflejaba la mortecina luz amarillenta en un tono platinado brillante y, por un momento, fui consciente del hedor de mi habitación. No estaba sucia, el basurero al lado de mi cama, justo en la esquina, no estaba lleno…pero apestaba, o tal vez era yo, “¿Hace cuánto no me ducho?” me pregunté, “¿Hace cuánto no salgo de aquí? ¿Realmente estoy aquí?” Inquirí internamente, reflexionando sobre cómo había llegado a este punto.

Ayer…¿qué pasó ayer? Pasé todo el día en casa. No, salí…salí de compras, necesitaba algunas cosas, no recuerdo qué, sin embargo, eran necesarias, hice una lista, eso lo recuerdo bien pero, no sé qué estaba escribiendo en ella. Me encontré con alguien… no veo su rostro…en mis recuerdos solo es una masa deforme y difuminada, aun cuando pongo mi mayor esfuerzo en recordar, hasta el simple tono de la playera que traía puesta cambia conforme pienso.

La persona con la que hablaba se despidió de mí, dijo que le dio gusto verme y yo le sonreí y correspondí con un “A mí también”.

De haberme causado tanta dicha, probablemente me hubiera tomado la molestia de recordarlo.