Asustado, en verdad estaba muy asustado. La inocencia se había ido, los sueños de un niño desaparecieron en la penumbra mohosa de la palpable realidad. La asfixia de estar despierto le hacía desear cerrar los ojos mientras aguardaba por la somnolencia, pero ya era demasiado tarde para arrepentirse ¡¿De qué?! De nada… no se arrepentía de nada.
Es difícil explicar cómo llegó a esto, el proceso por el cual pasó el cuerpo, recipiente, objeto que escondía el verdadero tesoro que tanto deseaba apretar en sus manos y contra su pechito, por años soñó con este momento, días enteros viéndola, noches en vigilia esperando por ella, Elenore, la hermosa musa, la amada, el pecado encarnado y la única por la cual daría su vida. Amaría decir que completa escapó con él, pero su belleza era comparable con su odio hacía el pequeño, ¿por qué? Él quién jamás le hice daño y se dedicó a adorarla, era el único que vivía para ella y le pagó con su desprecio…
La primera vez que la vio era un niño, sus padres “pertenecían” a los de la malcriada quienes eran dueños de un viejo teatro llamado ‘Le Ombre dei Sogni’ el sueño de su Mamma era protagonizar una obra, el de Papà era verla feliz, más nunca se ocuparon de su hijo quien solo era el extra en sus vidas y al cual ellos no podían importarle menos.
Cada respiro era para él, ninguno para ellos; cada paso le enseñaba el mundo adulto y lo que se debía hacer para obtener lo que se quería y él la quería a ella, pero siendo tan pequeño, el figlio Kvothe tenía que esperar para crecer…tan pequeño y reprimido. Aún no puede recordar cuantas veces me dijo que no había nada mal en crecer un poco antes.
Los años pasaron tan a prisa, pobre Kvothe, el tiempo no espera a nadie, mucho menos por él. Pronto se encontró sobre el escenario interpretando su vida entera en cada obra, siempre empapado en tragedia, muerte, decadencia o solo un extra, su papel de tiempo completo. Ah, pero podía verla a ella, a Elenore.
La muchachita de piernas largas, cabello negro y esponjado, con pestañas largas y ojos brillantes que según él, eran más hermosos que la luna, sus labios rosados recitaban las mismas líneas una y otra vez, pero para un joven enamorado eran una melodía hipnotizadora que podían oír hasta la sordera y continuar leyendo sus labios.
Ella jamás me agradó, el desprecio que le mostraba en cada ademán y mirada era suficiente para que la odiara, mas no así él.
Pero una noche, aquel jovencillo sumiso y reservado por fin decidió levantarse y entregarse a ella, la cita fue en las afueras de la pequeña ciudad, siempre con él cual compañero fiel lo esperé donde me indició, la noche hacía su aparición y ella llegó con su prepotencia arrastrándose bajo sus pies ¡Arpía! ¡Villana! Nunca mereció el protagonismo en ninguna de sus obras, pero el papel lo interpretaba tan bien que incluso su padre creía en la bondad de la tirana descorazonada.
Kvothe se acercó a ella quien retrocedió, sus labios se movieron y la ya mujer le arrojó un polvo blanco a la cara…maquillaje, el maquillaje del Pierrot, lo llamó un payaso, un segundón, no podía soportarla más ¡¿Por qué la dejas hacerte esto?!
Mi pequeño Kvothe, cegado por la ira y enfermo de sus rechazos se abalanzó contra ella ¿pero qué hacía? Jamás le pedí que llegara tan lejos. Los labios de ambos chocaron pero no para un beso, solo la hizo callar mientras una de sus manos hundía algo en el pecho de Elenore, un chillido agudo me alertó, debía detenerlo, si lo dejaba así….¡él sabía cómo castigaban a los asesinos!
Regresó corriendo con el aliento entrecortado, me cargó en sus brazos y con la sonrisa más enorme que jamás pude ver en su rostro abrió mis costuras, escondió su ‘tesoro’ dentro mío y me dijo que su vida estaba completa, que ahora tenía aquello que siempre había añorado y nadie se lo arrebataría jamás.
Él cargó con el cuerpo de Elenore con solo la luna como su testigo, parecía dormir entre sus brazos tan pacíficamente que lo único que manchaba la escena era la sangre en el mentón de Kvothe y el polvo bruscamente esparcido por su rostro, unos metros más y todo habría sido el crimen perfecto pero…como había dicho antes, la vida de Kvothe siempre había sido una tragedia y aquella vez no fue diferente.
El Papà de Elenore lo llamó con un grito de horror, el cuerpo de la muchachita resbaló entre sus manos, y tan silencio como siempre giró el rostro hasta el viejo, con una sutil sonrisilla en sus labios…una sonrisa que parecía brillar en la oscuridad con la luz propia de la maldad ¿en qué te has convertido, Kvothe? Su orden, sus leyes ya no pertenecían a las de este mundo, él jamás fue de este, él estaba mucho más allá de nuestra comprensión…siempre.
Parecieron correr horas antes de ver a alguien moverse, un segundo hombre apareció, gritó “asesino” y pronto eran 4, no… ¡6! ¡6 hombres en contra de un niño a comparación! Primero se abalanzaron sobre él, golpeando su cuerpo con palos y puños, tiraron de sus cabellos y lo arrojaron al suelo, arrastrando lo llevaron hasta el cementerio con furia pero él jamás se defendió porque sabía que no encontrarían su tesoro, lo único que le importaba, lo único que nadie más podía tener…y yo lo escondía calladamente desde mi lugar en donde podía ver todo…cada arrebato de ira, palabras de repulsión y preguntas sin responder.
“¿Dónde está el corazón? ¿Qué hiciste con ella? ¿Tan malagradecido eres?”
Los hombres pronto se calmaron, no, solo callaron sus preguntas, ya no había nadie que las pudiera responder, el muchacho ya estaba muerto, miraba sin mirar, sonreía sin sonreír, caía al suelo cada vez que lo alzaban y sin nada que sacar lo arrojaron a la fosa común.
3 días pasaron, en la noche para el 4to, a las 3 de la mañana, aún tan oscuro como la boca del lobo. Yo. Olvidado por todos. Veía la fosa en la que habían dejado el cuerpo de Kvothe.
Una mano se asomó titubeante, hundió los dedos en el barro y maleza y lo usó para impulsarse, extrañamente era él.
Su piel era más blanca, gusanos salían de su boca, escupió carne que no le pertenecía y sus ojos divagaron en direcciones opuestas antes de centrarse en algo, su carne daba la impresión de estar a punto de despegarse de su cuerpo y sus movimientos parecían fotografías pasando rápida y pausadamente hasta que salió de ahí, siquiera respiraba, su pecho no se movía, y si lo hacía entonces era lentamente, muy, muy lentamente. Su ropa hedía, sus cabellos estaban mojados en sangre y otras cosas, su ropa no tenía color, era como una de aquellas obras en las que no sabes qué color usó el artista o si quería inventar uno nuevo.
A gatas, casi arrastrándose vino hacía mí. Se puso de pie y me cargó con unas malos gélidas pero amables, él blanco siempre había sido su color, pero su piel era tan blanca como el papel…oh, Kvothe.
Me abrazó y en medio del silencio dijo mi nombre.
“Lucius”
Sonreí.
Pacientemente había esperado por esto, había mantenido seguro su tesoro, nadie lo había tocado, nadie había sospechado que en mi se escondía lo que tanto quería, lo que amaba, con pasos ligeros nos fuimos de ahí. Ya no había nada para nosotros en aquella ciudad, nadie nos entendería, nadie nos querría, no éramos más lo innecesario, pero ahora este nuevo aliento de vida existía, y nosotros con él.
Su renacer era el mío.
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